viernes, 22 de julio de 2011

EL ORO DE LAS RUINAS





EL ORO DE LAS RUINAS
Alexis Naranjo





I


FIGURACIONES



LA CRUZ DE LOS DESTIERROS

Tiene mi cayado los siete ojos
que brillan en la cruz de los destierros
cuando yergue su silueta un gamo
en las selvas de mi oído.

Y tras segar la última gavilla
mil aromas se vuelven ya visibles:
de Dédalo es el hilo
que yo enhebro en ese espejo.

Pues no me bastan los sones
cosechados como frutos de la luna:
después de madurar en un oboe
viene la lluvia de sus signos.

Y es que cada ventura mía es recoger aquella luz
para que mi flecha dé en el blanco:
así mis sombras ya no fugan
cuando nace la luna.

Ved pues la señal desobediente
que ilumina mi vida:
siete son los ojos que brillan en mi cayado
cuando levanto la cruz de los destierros.


AZOGUE DE LOS POSESOS

Puedo no ahorcarme con esa cuerda
si se jala de mis costumbres
pero el aluvión de mis adagios
enjoyará a los viajeros
con la corona de los abismos.

Yo digo, esa cuerda sirve para
escalar las cimas como señal de mi buena fe
aunque abajo hiervan los soñadores
en la cascada de mi borgoña.

Y no más panales cristalinos,
ni evaporación de los misterios:
oh frenesí dormido
en la guitarra del guerrero.

Yo digo, la floración de mis delirios
son diez tritones besando tus labios:
ellos te darán su narcótico ardiente
en el cáliz de la luna.

Y es que al mirar mi máscara
veo el fondo de tus espejos:
aquel que no me niegue
beberá de mi sangre
en las fiestas de la otra vida.

Y si vuelves tuyos estos sones  
que mil sinsentidos acarrean
entonces lo que tu corazón apetece
prodigará el aroma de mis lotos.

Y yo digo, si tus manos no escondes
a la hora en que los duendes
tienden la cruz de lo vivido,
tus vicios tan bien torneados
danzarán en mi siguiente fragua.

He aquí pues
la pregunta que te hago:
si en el nicho de tu arcángel
tú eres su creador y su sombra,
¿cómo será la fiesta a la que asistas
con tus deseos, todos, ya saciados?


ALTANOCHE

¿Y cómo aquel ensueño no habría de traerme
este revuelo de muchachas que se ofrecen
como sombras dadivosas
cuando yo recobro de la tierra
la luz más sedosa de los muertos?

Pero ved ahora lo que me ofrece un amigo,
la salud de esta agonía,
la venia para recibir a mi espectro,
el impulso para remontar las últimas incógnitas.

Ah, luna borrascosa:
aquél que en altanoche pulsa en su fuente soberana
seguirá escarbando viejas certidumbres
que le exigen otro cuerpo sano
como cristal de más demencia,
de más loca opacidad.

Y sin embargo, en la íntima morada,
mi alma rompe aquella luz,
aquellas certidumbres que me enceguecen.


FIGURACIONES

Aquél que va soñándome,
lánguida sucesión de papeles cortantes
y sus pinceles despanzurrando
susurros y corazones y vicios.

Aquél que resbala en una lengua enigmática
donde se rompen sus días óseos
y sin embargo camina atribulado
juntando armaduras y relojes
para subir hasta la muerte que lo afronta.

Aquél que atraviesa la fronda
donde chapucean literatos finiseculares
y sin embargo, al divagar por túneles ajenos,
pierde su sombra entre enemigos
que desfilan por su cabeza hinchando muñecos
para las meninas sonreídas.

Aquél cuyos órganos de hierro le regalan
flores órficas para un salto fuera de madre...
¡y ese salto!
cincuenta traiciones al numen,
y una oruga devorando
su enorme pergamino de hábitos.

Aquél que cuelga su traje de una estantería invisible
creyendo así conjurar su angustia
y esa sensación de rechazo
mientras sus ojos se aguzan en la fiesta de abajo
y un timbrazo le cae desde inconcebibles alturas.

Aquél cuyo corazón sediento,
viejo surtidor que sorbe sus nervios yertos
y el escozor de su sangre.

Aquél creador sin dimensiones nutritivas,
ese eremita y su comparsa llagados
en las pulpas de una mentira,
el jilguero que los picotea
y el susurro de las bestias orantes.

¡Ah ese no-sujeto, no-individuo,
ensañándose en vísceras trasoñadas
para vivir al fin
danzando su no-vida
en los hervores de un escondrijo!


RECOBRADOS DE LA DISTANCIA...

e irremediablemente puros,
como el curvo interior de la paciencia,
ellos son lo alegre en sola pierna,
el oído en su selva alfilerada,
el estampido de un pesar inamovible.

En su azul, ellos son el señuelo y su sabandija,
una tregua precaria,
un revuelo en el nido de lo inverso,
la fatal atracción de manzanas y serpientes.

Y al buscarlos, ellos mismos tienden su enigma,
esa lujuria en que enemistan
necesitados como están de otra sombra
más indolente, más cariciosa.

Ellos, el amor en su bochorno de tatuajes.

Pero girando, perduran entre escombros,
y su corazón sorbe lo que palpita:
el acíbar de noches solitarias,
el silencio de tálamos vencidos.


TENTACIÓN DE LA ESFERA

Un súcubo
ha traído su regalo para mi pirueta solipsista
en este cenit que se apaga.
Y clamorosas, sus mandíbulas se cierran
sobre flamas negras y rugientes.

Ah, pero con el doble de su fuerza
yo tengo ganas de beberme ese fuego
y entre danzarines que comulgan
guiar sus dromedarios a mi desierto.

¡Ea! impulso ciego, ávido de vida:
tener que forzar este vacío
hasta el boquerón de los enigmas
y que el súcubo me ofrezca
un sudario a mi medida.

Ay, los que habitan dentro de la Esfera,
en lo saciado por límites voraces:
el corazón del súcubo ya no los tienta
y sin embargo no escarnecen,
guarecidos como están
en la tumba de lo Mismo.


TEMPESTAD

Es el sabor de los dogmas invencibles
así tienda mis manos, así ciña mi muerte.

Ah, dejadme esta fiebre crujiente,
esta sombra vencida,
la pesadez infinita de un átomo en mi alma.

Pues es el sabor de los dogmas invencibles
lo que se levanta en extramuros
como un trepar de fárragos paternos,
como el ojo mirado por cien madres sospechosas.

Y es el sabor de los dogmas invencibles
lo que viene hinchándose al paso del pánico,
cuando silbar es el sólo cubrefuegos
y en nuestra piel se llagan los sueños
y corre un aguarrás de vida a vida
en la inane progresión de calendarios.

Oh, huye de la albúmina ancestral
y sosténte en tu elasticidad cebada
por el sabor de los dogmas invencibles.

Los dogmas invencibles...un sacerdote me dijo:
Sí, me gustan, se ve que vienen de otra parte 
y examinó mi surtidor hereje
poniéndole áspides a su sentencia.

Pero hete aquí, me dije, cascarón del minutero:
mis dogmas sorben cuerpos
hundiendo ávidas espinas
en el corazón de sus desdichas.

Y no hay fin
pues es el sabor de los dogmas invencibles
lo que me arrastra a la tempestad
de los dioses calcinados.

¡Oh lápidas de intocable silencio,
mis dogmas esculpen edipos
coronados por bestias sarmentosas!


LA TERCERA MUERTE

Si penetramos de espaldas o en cruz,
solo la raja del averno.
No la distinción del vacío acariciándonos la nuca
sino el fluir del cuerpo fuera del cuerpo
mientras aguardamos un crepúsculo
como estatuas nómadas, en abismos hechizadas.

Si penetramos de espaldas o en cruz, solo
la raja del averno.
No la distinción del vacío ensayando sus finezas
con guantes y pelucas
sino unas manos vidriosas empolvándonos el rostro.
Lo que nos envuelve entonces
es pólvora dormida
y pulpos que jadean sorbiendo coronas celestiales.
Así nuestro aliento nos tortura
mientras mutilamos nuestras manos
con las monedas de amor y sus furiosas ataduras:
derramamos la sal de los lechos subterráneos
y en las entrañas palpamos crujidos y secos nubarrones.
Tocados de frialdad, heridos bajo las máscaras,
nuestra salvación no es allí el cuerpo
que huye del cuerpo,
ni el rezo repetido hasta la herrumbre,
ni los fetiches contra los pavores de la noche.

Si penetramos de espaldas o en cruz,
la raja del averno.
No la cripta ni su abrazo inescrutable,
sino la placenta de escorpiones,
su sarape de ilusiones venenosas.
¡Y qué lejos estamos entonces del desierto
cuyos espejismos nos conjuran!
Pues no nos alucina ya ninguna magia
ni nos toca un hongo acidulado
en la bandeja de los magos.

Al penetrar de espaldas o en cruz
somos
el beso de un botellón quemante,
la reina decapitada en el vientre de un canguro,
la mosca y el moscardón defecando en las diademas,
el toro y el torero fornicando melosamente.

Al penetrar de espaldas o en cruz
sólo llegamos
a la raja del aveno.


INTERMEZZO

Y tú, fantasma que rehúsas los gozos de la carne,
tu carnada pide mis más ávidas ventosas.
¿Pero qué se abre para ti?.
A tu mundo vetusto
yo penetro arrastrando estas cadenas, mi única
herencia entre los hombres.
¿Pero qué se abre para ti?.

Tú tan sólo deseas vivir,
vivir de la cruz nutricia, de las oscuras bestias cenitales.
Pues lo tuyo es una niebla, sí,
una niebla en busca de criaturas
que bramen al oído de los videntes infernales.
Así tu pasmo cuando aparecen aquellas criaturas
volcando tus copas delirantes,
enredándote en tus quemaduras de llanto iracundo.
Y ello porque los videntes han venido a denunciar
la gracia de los aparecidos
y han soplado trompetas de júbilo
antes de caer en una oscilación de rastrillos.
Pero tú, fantasma, desoyendo a las criaturas,
te has arrancado una costra
de donde han salido hurones y alcancías
estremeciendo tu cuerpo boqueante y desatado.
Entonces no he podido evitar la sospecha
de que ibas a lanzar sal al fuego;
con mala fe, he pisado tu cinturón
dándome aires de tribuno alentado
por espejismos inclementes.
Pero la costra que tú desprendiste
se ha vengado cercándome con bajas infecciones;
una gran Z ha mordido mi carne
para sustraerme los bienes codiciados,
una gran Z en cuya boca negras moscas tuyas
han devorado vergüenzas inconfesables.
Y ello porque has lanzado niebla a mis heridas
y yo he visto que de adebajo de mi silla
robabas el botín con los vivos alimentos.

Entonces has lanzado aun más niebla
mientras un vidente remordía mis manos
y del fondo de mi cara deformada por lentísimas torturas
ha florecido este hambre terroso y seco
a la caza de tus traiciones.

Ah, pero en vano he azuzado a las criaturas:
aun los perros del vecindario
han rehusado apaciguarse con la suma de mis despojos,
la cruz nutricia,
las más oscuras bestezuelas cenitales.


CRIPTAS DE NOTRE-DAME

La llave que danzaba al avance de mi soplo
me abrió las puertas del subsuelo.
Abajo ardían los reflejos:
un hombre deshacía sus pecados,
un infante repasaba las Tablas de la Ley
y una mujer retiraba de las sombras
un jarrón lleno de sustancias burbujeantes.

Absorto, el hombre que deshacía sus pecados
apuró un cáliz de ceniza amarga
mientras el niño se puso a ablandar las Tablas
con una piedra interminablemente bella
en tanto la mujer repartía las sustancias del jarrón
en la boca de unos ídolos que tejían látigos
para un inquisidor que reclamaba
los cuerpos tachados de su lista.

De pronto, mezclándose con un zumbido de avispas
la humedad del subterráneo nos dio
un chicotazo inesperado;
el hombre rodó a un rincón donde grandes custodias
lo acogieron para infundirle un perdón
febril, adúltero y total
pero aquello espantó al niño de las Tablas:
gritando, el infante fue a golpear su piedra
contra una mancha del subsuelo
y al verlo así, la mujer inmovilizó su jarrón en la bruma
dando paso a la insurrección de los ídolos sedientos.
Blasfemando, éstos aventaron a mis manos
una salamandra que respiró con delicadeza suma
antes de desaparecer en un pocillo de mi sangre.
Y vi entonces a mis manos atrapadas por la llave
que ahora mezclaba medusas con alimentos profanos;
de momento, la cara del hombre absorto
fue presa de espasmos soberanos
como si su sangre se derramara en un cáliz
y el aire se pobló con estalactitas y ruecas diminutas
mientras el infante se puso a deshojar
unos crisantemos cuyos pétalos volaron
a cubrir el sexo de los ídolos.
Y ya iba a producirse una revelación
cuando las palabras raspadas de una Epístola
envolvieron huesos, espinas y monstruos sagrados,
trayéndolos al corazón del subsuelo.

Acá, sin embargo, brillaron más
un crucifijo roto,
un minuto desgastado entre coronas de polvo,
unas máquinas de desdén y suplicio
y si bien de este tumulto brotaron
reliquias y máscaras y piedras preciosas
yo me vi en el caso de apretar mis músculos
para igualarme al hormigueo del niño
que ya desportillaba un ídolo con ademán
de vencedor coronado;
por una pasarela, con desbocadas cabriolas,
el inquisidor escapó perseguido
por dos cuernos báquicos
el momento en que la mujer hinchaba sus mejillas
para proclamar la mutilación
de los mandamientos, todos.

Un ídolo con facha de buhonero encendió entonces
un infiernillo que pintarrajeó al subsuelo
con follaje de abedules:
de aquella hojarasca el hombre sacó un bastón
muy blando, que acarició antes de apoyarlo en
un escudo que tiritaba con aire de guardián adormecido.
Ahora el hormigueo de mi cuerpo
rezumaba para todos una gelatina ebria;
con la llave el niño revolvía la sombra del hombre absorto
mientras la mujer apretaba el escudo tiritante
cuando de improviso tuve la certeza
de que yo estaba enloqueciendo con la peor de las locuras:
insoportablemente me sentí vapuleado
por grandes olas de misericordia
que se apoderaban del subsuelo, misericordia
en forma de llagas y pudriciones
que eran y no eran un canto
que bajaba del cielo con un desprendimiento
de lunas y Pléyades y soles.

¡Oh, demasiada, demasiada luz!

Y los ídolos resplandecían
encegueciendo al hombre absorto
que estalló en mil burbujas,
sus pecados transformados en sacrísimas verdades
de mi íntimo fermento,
mientras el infante saltaba sobre las Tablas
y la mujer...la mujer y el inquisidor
se devoraban el uno al otro
como amantes enardecidos,
como gárgolas celestiales.

Confundido por ese alud,
gritando entre los alfileres y zumbidos
que peleaban en mi carne,
me eché a reír salvajemente, 
con el profundo sentimiento de que mi alma se elevaba
arrastrando en la subida los espectros del subsuelo.
Y mi carcajada fajó al inquisidor
ahora que la mujer cubría sus senos con manos delirantes
mientras las gárgolas subían al altar
para el supremo sacrificio.

Flotando en aquella luz, a punto de desaparecer,
oí entonces la procesión en que el niño sellaba
con su piedra los ojos de los ídolos
en tanto pequeñas muertes estallaban por aquí y por allá,
exigiéndome que dejara mi cuerpo
como prenda de redención.
Y luego, en la muy tenue suspensión de mi mandíbula,
las carcajadas me supieron a pétalos amargos,
pétalos que la mujer
juntó para frotarlos en la piel del niño
y en su piedra voladora.

Un ídolo se lanzó entonces al círculo de mis cadenas
que yacían como áspides en las losas del subsuelo.
Y aterido y rehaciéndose,
el hombre que se había fragmentado
recuperó la sal de sus pecados
libando un fuego de aguijones y alimentos zodiacales.

Pero yo ya había desaparecido por entero
cuando un susurro de óleos exhaló
un aroma inconfundible:
adentro, la mujer vaciaba su jarrón,
el hombre lamía fetiches virginales,
y las custodias derramaban lágrimas
a los pies de las gárgolas
mientras mis ojos vagabundeaban
entre las migajas del subsuelo,
entre las escamas y alfileres,
entre el bíblico cayado y la llave que ya cerraba,
lacrándola para siempre, 
una eternidad de cosas muertas,
olvidadas, infinitamente confundidas.


II


OTRAS TENTACIONES



CUERPO NOH

Su espalda quiere ser mirada,
la sombra que despierta.
En la hermandad de los testigos
ella desnuda su espalda, no la empuñadura que sangra
sino su deseo del padre que prohibe.
Pero la prohibición desciende por sus muslos
habla recogida
y luego yerra piel arriba, mensajera impura:
sólo al desplegarse desafía ese cuerpo que ha soñado.

Pero ella quiere ir adentro,
zozobrar en otro fuego,
mientras los testigos buscan su aliento y su misterio.
Así ella se solaza impulsando inocentes ademanes,
vahos con fálicos relieves
y la empuñadura en la extensión más gozosa del jadeo.

Indiferente a la mitad iluminada de su cuerpo,
ella embriaga sus reflejos,
su piel interminablemente tersa,
aquella brasa entre sus muslos.
Y así se abre al padre que prohibe y lo aísla
y saborea y ya saciado su apetito,
se impone un mordisco de bestezuela ahíta,
su sangre en la empuñadura.

Tales sus hábitos,
el mandoble a la hermandad de los testigos
y nuestro deseo enardecido.

Pero suelta su cabellera, ella se adormece de nuevo,
indiferente a la sombra que se entrega.


PAS DE DIEUX

Han sido devueltas como llamas de guijarro,
como mariposas de oleaje fosforado.
Y pueden ser oídas en los secretos de un tahúr
y adivinadas como dobles pitonisas: pueden
serlo y acaso lo serán. Pues pueden
traerme la costumbre de desnudar las horas detrás
de los susurros, e insistir entre violín y viola,
en aquel silencio donde atisba Dios con
ondulantes retrocesos, eterno voyeur
con su falo tan fresco, y ávido, y fragante.
Pero pueden asimismo devolverle
Su edén y Su cetro,
obsedidas como están por la fiesta en que Satán
las gozará
encima de Su Santa Mesa.


NIGROMANCIA

Rebosante, adueñado de mi nada,
enciendo este capricho,
lo elevo, lo divinizo.
De mi cigarro, envolturas
lentas que despliego, mi cuerpo asedian,
lo instruyen en el halo que lo envicia.

Y encaprichado, acaricio el lecho del nigromante,
el altar que glorifica la carnalidad de su hálito.
¡Ah! cuando el nigromante despierte,
recibirá la escarcha de mi instrumento
derramando sus resistencias debajo de mi falo.
Así se enlazará para discurrir de luna a luna
devolviéndome la luz de mi odalisca dormida.

Y viejo frotteur infante,
mis caricias brillarán como monedas
y en la odalisca danzarán sublimando
mis ansias más secretas.
A salvo de la muerte
¡a salvo del amor!
moldearé entonces mi deseo dejando
lánguidas preguntas en turbantes sibaritas.

Así desplegaré nuestros espejos
para hincar los dientes,
¡ah! profusión de dátiles en la mesa
donde nos serviremos
la oscura desnudez de nuestros fuegos.


EMBLEMA

Muerte lisonjera susurras
y es tu hechizo en la noche dorada
y el pérfido beso de tu vivo espectáculo.
Joven eterna y deseosa,
clamas mas no escarneces, di,
odalisca de lengua aljofarada.

Lujurias y pecados en tu seno son
gozos que me absuelven,
odalisca que me abrazas y
me dices,
“alcánzame, desvísteme, poséeme”.

Ah, odalisca núbil:
en ti el Verbo es cópula  
más cópula divina.

Di, amante regia,
odalisca de lengua aljofarada.


EN EL ESTUARIO

Entonces esperarte,
acechar tus pasos,
figurarme otras convicciones
-metal impuro o piedra cóncava-
mi mano avanzando entre las horas,
deteniendo su cascada,
vacío el corazón, espejo de humo
para este fuego condenado a la espera.

Entonces rehacerte,
clavar tu sombra al filo de la luna,
tu silueta de los días luminosos,
el rastro de aquello que al rescatarte
te perdía entre las lluvias,
ninfa del estuario,
ligera y leve entre tanta lejanía,
indescifrable como el sueño de un ciclamen.

Entonces trasoñarte,
ceñirte en un instante inamovible
con mares y años de por medio,
con el topacio de tus ojos
y tu imagen de alas finas
y tu candelabro marino
y tu astro mordido.

Entonces olvidarte,
liberar tu sombra,
el señuelo de mi herida,
el espejo de mi orgullo,
el eco de mi error,
¡oh, sigilosa,
oh, provocadora!


III


SPECULUM



EMANACIÓN

Y queda uno después de todo,
el bloque dúctil de tanta nada,
palabrería hueca,
sinfín de collados sin espacio,
sin apenas soplo
que no sea tu propio fuego
enronquecido,
desvergonzado.

Y quedan líneas que fluctúan
engarzadas al mismo viento,
al mismo desasosiego,
al mismo cadalso.

¡Oh ebrio de vida, insaciable Tántalo,
hermafrodita Límite,
envilecido Numen,
ciegos míos,
mis cicatrices!


ABLUCIÓN

¡Ah! dar mi alma a esta condena
y que no se rompa mi febril encantamiento,
ni la muerte selle mi destino
golpeando al fondo de los cofres:
ser así, impar y semejante,
borrascoso, eslabón de equívocos grotescos.
Una nada  y otra y que el cielo cumpla su venganza,
criatura de sobra, a la deriva,
revulsión en mis escombros.

Que no cese mi alma de erigir su ruinoso monumento,
farallón de mi memoria,
sueño de asesino entre reinos acuñados en el fango,
al fondo de las grietas.

¡Un martillazo y otro en mi lápida desierta
y que no esconda el cielo su rostro difamante
en una atroz máscara de gloria!


SACRAMENTO

Es este grito en la boca de mi vientre,
este vuelo abismal,
esta corrosión entre cúmulos de angustia.

Y es el crujir gangrenoso y gutural del inframundo,
la risa que estalla como herida en mi cara
y mi carcajada como flor sanguinolenta...
¡ah! yo me deslavo
entre autómatas que se contraen
para parir mis dobles, mis salvajes sombras.

Pues vengo a tumbos, de golpe en golpe,
en aquello que me hace temblar el alma,
pender de un hilo, empalar la vida
con mi amada en su genuflexión para dar a luz
los poderes de mi muerte.

¡Ah! los crucifijos de mi falo,
y ese sol...esa vianda fantasmal con
mis ojos en la luz del túnel,
aquí donde me veo ver
la vida fermentarse y excretarse 
por el magma
de las llagas infernales.


FAZ

Son mis fracturas mentales
y este masticar imágenes
y el fondo corroído y ovárico
donde me aplastan
los bellos escozores de un impulso.

Y es ese impulso el que me quema los nervios,
este círculo de rayos,
esta proliferación de vida ya echada a perder.

¡Ah, pero es entre gritos y gemidos
por donde chorrea
la baba genital de mis cadalsos!.


SPECULUM I

Sangrientos abismos son los de esta alma femenina:
una sima donde vivo masticando confesiones,
un fuego donde habito como el tenebroso
escupiendo juramentos, ebrio de vergüenzas.

Y este crujir es mío,
mías las manos del asesino cuando absuelven
el sacrilegio de mi muerte.

¡Oh victoriosos modelos, mi espectro tiene sed!

Si debajo de mi sombra ustedes urden tramas luminosas,
las reverberaciones del amor,
yo me aferro a esta sima,
al frenesí de los cuerpos que he profanado,
a esta pudrición de vísceras maternas.

Oh victoriosos modelos,
mi espectro no escarnece
aquí donde el cielo se hunde
y se levantan cadalsos
y se prodigan los más fértiles suplicios.

De adentro, de la fertilidad profunda,
yo recojo estos frutos,
un espectáculo de pontífices y gritos,
cartílagos y látigos,
guerreros y guardianes:
¡son las mesnadas de mi alma,
las excoriaciones de mi heraldo!
¡Y es el mismo resplandor que antaño levantaba reinos y
el espejismo de sus prodigios desdichados!

Pero bendecido
por la hez de los misterios,
he aquí que en mi altar se congregan
un fermento de ofidios y de cardos,
la resina seca de un relámpago,
el vómito de mis sobrevivientes.

Y acechada,
y festoneada de estigmas,
ésta es mi alma 
mi dársena de tesoros vidriosos.


SPECULUM II

Soy el abismo de una reminiscencia,
lo que calla en ese abismo,
el camello del punto ciego,
la sombra cosida a mis huesos,
el estallido que devora lo que estalla,
la molicie del bajomundo,
el hálito ensimismado de Dios.

Soy Su sima más dichosa
en la luz de Su agonía eterna.


IV


MUERTE AL ALBA



I

Descubres otra vida
en el ayer:
es tu duelo
y tu silencio
al rayar el alba.

Deudo de esa sombra
ronda tu muerte,
oscura en el albor.


II

Estoy muriendo en mí mismo
como en ti,
estoy muriendo alto, en la nada de la altura,
solo, en la soledad de mi muerte.

Estoy aquí, observado, aterido,
indefenso, en el vano cauce
de la lágrima.

Perdóname,
soy de otra parte.
De la vida calcinada.
Del instante en que dudé.


III

Reidora tristeza
me has costado mucho,
mis párpados pesan en tu teatro, ya no sé:
me atormentó tu sombra,
el paso de los años,
la rueda inmóvil en que me apoyé.

Pues fue esto:
naufragios en el fuego,
huellas perdidas en la nieve,
promesas que no deseábamos creer.

Y fue esto:
silencios despiadados,
señuelos del olvido,
a veces preguntas contra el sueño:
¿sabíamos querer,
deséabamos querer?


IV

Canta la muerte
¿lo sabes ya?

Viene tu hijo
¿estás a tiempo?

Te detienes
¿tiene sentido?

¿Cantas o mueres?


V

Lo que sueño está ciego,
es el golpe innombrable,
el dolor que no se nombra,
la impostura de ese golpe.

Lo que sueño está ciego,
máscara que muestra mi cara,
silencio que me anuncia,
estertor de luz violada.

Pero yo estoy lejos,
en las colinas esponjosas de la muerte,
allá, donde cantan mis labios,
donde mis labios cantan
al escupitajo del poeta.


VI

Pasos en la escalera
¿soy yo?

Abruptos signos de que estoy
en otra parte,
descuidado de mi ser,
en la albura,
donde empiezan las historias,
la sombra de lo que soy,
lo que naufraga,
tinta y tinta,
abrevadero sin pájaros,
puerto final.


VII

Creer que soy visible
en el sarcasmo del borracho,
en la palabra prohibida,
en la mentira que me protege.

Creer que estoy en ti
como si bastara tu presencia,
tu cuerpo ya visible
en la más ciega transparencia
de mis ojos.


VIII

No es cierto
y es de otra parte;
el aire tiene la promesa
y la promesa no eres tú.

En la caída,
en lo informe,
en lo que no podías expresar,
el aire tiene esa promesa.

En la luz avara de tus sueños,
en la miseria aquella
que cubrías de oro
está esa clave.

He aquí lo que esperabas,
la fuente amarga de la lluvia,
su gorgotear atormentado.

He aquí tus ojos
escocidos
en la sal de tus heridas.


V


SEDUCCIÓN DE LA SOMBRA



I

Voy contigo, alma vagabunda,
te acompañan mi silencio,
mi quebranto, esta desdicha inamovible.
Voy contigo sin saber a dónde,
páramos, desiertos, ciudades erizadas,
espejismos de íntima prisión.

Voy contigo pese a todo, en esta
travesía por la noche y la tormenta.
Voy contigo solitario, fugitivo,
sin palabras que ofrecerte,
sólo fiel a tu camino.

Nada nos espera, lo sé, nada ni nadie
salvo el recuerdo de nuestra compañía.
¡Vamos! No estés triste, alma vagabunda, 
aunque no tenga consuelo que ofrecerte
ya he vivido lo bastante:
seguiré tus pasos sin tregua, sin descanso.


II

No te quise para mí, máscara,
espejeabas con saña mis injurias.
No busqué ocultarme en ti
pero a mi rostro te ceñías, despiadada.

Hoy, al despertar,
supe que te habías quedado atrás,
en algún sueño agazapada,
protegiendo a mi alma
atormentada y enferma.

Y ahora,
máscara, ¡oh noble máscara!
la piel de mi rostro te cubre
y con mis ojos ves
y con mi boca hablas.


III

                        El vínculo que a ti me une no es moral sino vital;
                        el vínculo es esta erosión, este amargo retroceso,
                        la intimidad sin salida de un sufrir intransitable;
                        la última, la fría determinación que recorre mis huesos
                        y bate mis sienes. Sellada mi boca,
                        te habla mi corazón con latidos ciegos:
                        mi vínculo contigo, suicida, viene del fondo del mundo,
                        de este cuerpo y esta alma cuya vida hemos amado
                        y padecido a un punto insoportable.
                        Mi vínculo contigo, hermano de la sombra,
                        es esta feroz, interminable soledad.
                       
                        Pero te tiendo la mano: nuestro viaje es largo,
                        el camino sin retorno.


IV

Herida de amor,
no abjures de mi alma,
devuélveme la flor estigia.

Oh, loto del Buda:
que con mi sangre florezcan
tus diez mil pétalos radiantes.


V

No te rompas, corazón,
acepta tu desdicha,
trasiega tu amargura,
abandona tus quimeras.

Corazón, corazón profundo:
ilumina mi camino,
acompaña mi silencio
a mi alma da templanza.

Corazón, corazón vidente:
resiste esta noche sin fin,
sin esperanza.


VI

En selvas de palabras
me he perdido tantas veces
con locura, con pasión abrasadora.

Nada me llevó allá salvo esta obsesión,
esta sed de vengar en mí al mundo,
este delirio de culpa y redención.

Pero ahora estoy del otro lado:
a lo lejos, el depravado fuego de los hombres
ya ensombrece el horizonte.

Oh, humareda de palabras:
ahora soy la selva,
su vértigo silencioso,
su impenetrable turbulencia.


VII

Otras manos son mis manos,
otro mi rostro, otra mi distancia.
Cuando yazgo al pie de un árbol
camino a lo lejos;
en mi silencio, tumultuosamente hablo;
de cristal son mis secretos.

Uno y doble, a muerte juego mis verdades
cuando digo mis mentiras.

Demonio ubicuo: ¡mi dado está cargado!


VIII

Revuelo de sedas, paloma de luz,
en el aire te creas y deshaces,
musa de tu propia danza.

Desvelo de mi alma, cruel dulzura,
ahora vienes, ahora vas,
lágrima henchida de ausencia.

¿Pero eras tú,
de paso por aquel frescor de ensueño?

¿O era tu claridad,
mies de luna, seda de la sombra?


IX

Cargado y oscuro vienes
a la intemperie de mi alma.
Un silencio sobrenatural me envuelve.
Han partido todas las aves,
todos los vientos.
En el vasto cielo nada se mueve
salvo tu sombra.


X

No me señales,
hechicera,
ni me mires:
soy la lluvia,
el olvido,
los vientos,
la tarde solitaria.


XI

No preguntes, arrójame
tu sombra, tu misterio,
tu aliento cálido y fragante.
No me digas nada,
remonta los susurros,
las corrientes de fuego submarino.
No te desnudes,
demórate en jadeos y mordiscos,
y desciende por mi torso
con la espiga de tu lengua.
No te alces, Lilith, sólo bébeme
y desángrame, oh guardiana
estremecida de mis gozos.


XII

El chacal dará cuenta de ese ángel descarnado.

En el camino, de madrugada,
recuperan su instinto las criaturas de mi sueño:
tersa piel en movimiento,
crepitación ligera de mis sienes.

Aquel arupo que extravía su fragancia,
ese arroyo que serpentea en la colina,
aquel ibis y ese búho de la luna
se alimentan de mútuos resplandores.

Divina fertilidad oculta:
tu vaho envuelve lo visible
y todo tiembla, de madrugada, en mi camino.


XIII

Cuando me levanto,
señor de mi muerte,
abrazo a mi sombra
y avanzo al secreto.

Acompáñame, caminante,
arriba del hondón añoso:
esta sombra sube en pleno brío,
se expande, se adivina:
es luz, mas luz divina.


XIV

Amargo aquel amor,
amargo por dichoso,
amargo por obsceno,
amargo por perdido.

Si aún sueño en tu cuerpo,
¡en mí
no viertas más acíbar,
rescoldo del sollozo!

Amor amargo,
amor dichoso,
amor lascivo:
te rendí mis armas,
con ellas me has matado.


XV

Amorosa tiniebla,
femenina tiniebla,
angelical tiniebla,
tus alas bates, llévame a ti,
tus labios abres, dame tu vino,
tus senos ciñes, escucha mi corazón,
tu vientre acaricias, exhálame tu fragancia.

Diáfana tiniebla
ilumina mi alma,
eleva mi cuerpo,
devuélveme tu misterio.


XVI

Aleja de mí esta vanidad,
esta impudicia,
esta falsa epifanía,
este acento lastimero.

Sólo sé tu misma,
                  alma
alma eterna,
                  frágil,
                        cadenciosa.


XVII

No moveré la rueda de mi mente
sino la de mi corazón:
que una mano a otra ciña,
que una mirada en otra se abisme,
que un cuerpo a otro penetre.

Moveré la rueda de mi mente
no la de mi corazón:
que decante esa pasión,
que sea sedimento,
sombra amada,
impalpable presencia.


XVIII

Tengo sed: me brindan sal.
Tengo sueño: me ofrecen un lecho de púas.
Estoy triste, vencido y solo: me regalan un espejo.
Así reconozco hoy las humanas ofrendas.


XIX

Sea mía
la flor que florece del dolor,
mío su trémulo perfume,
mía su herida dos veces viva,
mías las espinas de su corazón.


VI


RESTITUCIÓN DE LA LUZ



INSTANTE

Sólo la alegría de un acorde justo,
la presencia sagrada de la sombra,
el poema sin palabras,
la frágil criatura de los sueños.


MIGRACIÓN

Luna llena sobre el mar,
un juego de naipes en el vecindario,
los muchachos que corren por la playa:
¡ya ni siquiera al silencio estoy atado!


REVUELO

Laberíntica quietud de los vientos
que la golondrina atraviesa
para llegar a mis manos:
¡nido tibio aún de lunas y relámpagos!


METAMORFOSIS

Derribé mi viejo yo agusanado
¡cuánta luz tintinea entre mis manos!


DONES DE LA LUZ

El ala de la muerte se bate en retirada:
un grano de sésamo doy
al guardián de la aurora.


NACIMIENTO FINAL

No prodigaré oro con mis palabras:
solo azahar, solo sombra, solo silencio.


MEDITACIÓN

Muchas ideas,
pocas ideas,
ninguna idea:
sólo el viento
que maravillosamente sopla.


LIENZO MENTAL

Trabajo interior al romper el alba:
¡bello mandil manchado de colores!


NINFA

Laminilla de doble sexo
que entre delfines retoza:
en la comisura de mis labios se posa,
en mi regocijo secreto.


CONTRADANZA DEL BUDA

Al salir del laberinto
¡cuánta luz susurra!
Camino a todas partes y a ninguna;
mi canto se hace solo
- como la flor de Udambara
que una sola vez florece.




CONTENIDO

I FIGURACIONES
LA CRUZ DE LOS DESTIERROS
AZOGUE DE LOS POSESOS
ALTANOCHE
FIGURACIONES
RECOBRADOS DE LA DISTANCIA...
TENTACIÓN DE LA ESFERA
TEMPESTAD
LA TERCERA MUERTE
INTERMEZZO
LAS CRIPTAS DE NOTRE-DAME

II OTRAS TENTACIONES
CUERPO NOH
PAS DE DIEUX
NIGROMANCIA
EMBLEMA
EN EL ESTUARIO

III SPECULUM
EMANACIÓN
ABLUCIÓN
SACRAMENTO
FAZ
SPECULUM I
SPECULUM II

IV MUERTE AL ALBA

V SEDUCCIÓN DE LA SOMBRA           

VI RESTITUCIÓN DE LA LUZ
INSTANTE
MIGRACIÓN
REVUELO
METAMORFOSIS
DONES DE LA LUZ
NACIMIENTO FINAL
MEDITACIÓN
LIENZO MENTAL
NINFA
CONTRADANZA DEL BUDA




EL ORO DE LAS RUINAS: Primera edición: Ediciones Libri-Mundi Enrique Grosse-Luemern, Quito, 1994.