EL
ORO DE LAS RUINAS
Alexis
Naranjo
I
FIGURACIONES
LA CRUZ DE LOS DESTIERROS
Tiene mi cayado los
siete ojos
que brillan en la
cruz de los destierros
cuando yergue su
silueta un gamo
en las selvas de mi
oído.
Y tras segar la
última gavilla
mil aromas se
vuelven ya visibles:
de Dédalo es el
hilo
que yo enhebro en
ese espejo.
Pues no me bastan
los sones
cosechados como
frutos de la luna:
después de madurar
en un oboe
viene la lluvia de
sus signos.
Y es que cada
ventura mía es recoger aquella luz
para que mi flecha
dé en el blanco:
así mis sombras ya
no fugan
cuando nace la
luna.
Ved pues la señal
desobediente
que ilumina mi
vida:
siete son los ojos
que brillan en mi cayado
cuando levanto la
cruz de los destierros.
AZOGUE DE LOS POSESOS
Puedo no ahorcarme
con esa cuerda
si se jala de mis
costumbres
pero el aluvión de
mis adagios
enjoyará a los
viajeros
con la corona de
los abismos.
Yo digo, esa cuerda
sirve para
escalar las cimas
como señal de mi buena fe
aunque abajo hiervan
los soñadores
en la cascada de mi
borgoña.
Y no más panales
cristalinos,
ni evaporación de
los misterios:
oh frenesí dormido
en la guitarra del
guerrero.
Yo digo, la
floración de mis delirios
son diez tritones
besando tus labios:
ellos te darán su narcótico
ardiente
en el cáliz de la
luna.
Y es que al mirar
mi máscara
veo el fondo de tus
espejos:
aquel que no me
niegue
beberá de mi sangre
en las fiestas de
la otra vida.
Y si vuelves tuyos
estos sones
que mil sinsentidos
acarrean
entonces lo que tu
corazón apetece
prodigará el aroma
de mis lotos.
Y yo digo, si tus
manos no escondes
a la hora en que
los duendes
tienden la cruz de
lo vivido,
tus vicios tan bien
torneados
danzarán en mi
siguiente fragua.
He aquí pues
la pregunta que te hago:
si en el nicho de
tu arcángel
tú eres su creador
y su sombra,
¿cómo será la
fiesta a la que asistas
con tus deseos,
todos, ya saciados?
ALTANOCHE
¿Y cómo aquel
ensueño no habría de traerme
este revuelo de
muchachas que se ofrecen
como sombras dadivosas
cuando yo recobro
de la tierra
la luz más sedosa
de los muertos?
Pero ved ahora lo
que me ofrece un amigo,
la salud de esta
agonía,
la venia para
recibir a mi espectro,
el impulso para
remontar las últimas incógnitas.
Ah, luna
borrascosa:
aquél que en
altanoche pulsa en su fuente soberana
seguirá escarbando
viejas certidumbres
que le exigen otro
cuerpo sano
como cristal de más
demencia,
de más loca
opacidad.
Y sin embargo, en
la íntima morada,
mi alma rompe
aquella luz,
aquellas
certidumbres que me enceguecen.
FIGURACIONES
Aquél que va
soñándome,
lánguida sucesión
de papeles cortantes
y sus pinceles
despanzurrando
susurros y
corazones y vicios.
Aquél que resbala
en una lengua enigmática
donde se rompen sus
días óseos
y sin embargo
camina atribulado
juntando armaduras
y relojes
para subir hasta la
muerte que lo afronta.
Aquél que atraviesa
la fronda
donde chapucean
literatos finiseculares
y sin embargo, al
divagar por túneles ajenos,
pierde su sombra
entre enemigos
que desfilan por su
cabeza hinchando muñecos
para las meninas
sonreídas.
Aquél cuyos órganos
de hierro le regalan
flores órficas para
un salto fuera de madre...
¡y ese salto!
cincuenta
traiciones al numen,
y una oruga
devorando
su enorme pergamino
de hábitos.
Aquél que cuelga su
traje de una estantería invisible
creyendo así
conjurar su angustia
y esa sensación de
rechazo
mientras sus ojos
se aguzan en la fiesta de abajo
y un timbrazo le
cae desde inconcebibles alturas.
Aquél cuyo corazón
sediento,
viejo surtidor que
sorbe sus nervios yertos
y el escozor de su
sangre.
Aquél creador sin
dimensiones nutritivas,
ese eremita y su
comparsa llagados
en las pulpas de
una mentira,
el jilguero que los
picotea
y el susurro de las
bestias orantes.
¡Ah ese no-sujeto,
no-individuo,
ensañándose en
vísceras trasoñadas
para vivir al fin
danzando su no-vida
en los hervores de
un escondrijo!
RECOBRADOS DE LA DISTANCIA...
e irremediablemente
puros,
como el curvo
interior de la paciencia,
ellos son lo alegre
en sola pierna,
el oído en su selva
alfilerada,
el estampido de un
pesar inamovible.
En su azul, ellos
son el señuelo y su sabandija,
una tregua
precaria,
un revuelo en el
nido de lo inverso,
la fatal atracción
de manzanas y serpientes.
Y al buscarlos,
ellos mismos tienden su enigma,
esa lujuria en que
enemistan
necesitados como
están de otra sombra
más indolente, más
cariciosa.
Ellos, el amor en
su bochorno de tatuajes.
Pero girando,
perduran entre escombros,
y su corazón sorbe
lo que palpita:
el acíbar de noches
solitarias,
el silencio de
tálamos vencidos.
TENTACIÓN DE LA ESFERA
Un súcubo
ha traído su regalo
para mi pirueta solipsista
en este cenit que
se apaga.
Y clamorosas, sus
mandíbulas se cierran
sobre flamas negras
y rugientes.
Ah, pero con el
doble de su fuerza
yo tengo ganas de
beberme ese fuego
y entre danzarines
que comulgan
guiar sus
dromedarios a mi desierto.
¡Ea! impulso ciego,
ávido de vida:
tener que forzar
este vacío
hasta el boquerón
de los enigmas
y que el súcubo me
ofrezca
un sudario a mi
medida.
Ay, los que habitan
dentro de la Esfera,
en lo saciado por
límites voraces:
el corazón del
súcubo ya no los tienta
y sin embargo no
escarnecen,
guarecidos como
están
en la tumba de lo
Mismo.
TEMPESTAD
Es el sabor de los
dogmas invencibles
así tienda mis
manos, así ciña mi muerte.
Ah, dejadme esta
fiebre crujiente,
esta sombra
vencida,
la pesadez infinita
de un átomo en mi alma.
Pues es el sabor de
los dogmas invencibles
lo que se levanta
en extramuros
como un trepar de
fárragos paternos,
como el ojo mirado
por cien madres sospechosas.
Y es el sabor de
los dogmas invencibles
lo que viene
hinchándose al paso del pánico,
cuando silbar es el
sólo cubrefuegos
y en nuestra piel
se llagan los sueños
y corre un aguarrás
de vida a vida
en la inane
progresión de calendarios.
Oh, huye de la
albúmina ancestral
y sosténte en tu
elasticidad cebada
por el sabor de los
dogmas invencibles.
Los dogmas
invencibles...un sacerdote me dijo:
Sí, me gustan, se
ve que vienen de otra parte
y examinó mi
surtidor hereje
poniéndole áspides
a su sentencia.
Pero hete aquí, me
dije, cascarón del minutero:
mis dogmas sorben
cuerpos
hundiendo ávidas
espinas
en el corazón de
sus desdichas.
Y no hay fin
pues es el sabor de
los dogmas invencibles
lo que me arrastra
a la tempestad
de los dioses
calcinados.
¡Oh lápidas de
intocable silencio,
mis dogmas esculpen
edipos
coronados por
bestias sarmentosas!
LA TERCERA MUERTE
Si penetramos de
espaldas o en cruz,
solo la raja del
averno.
No la distinción
del vacío acariciándonos la nuca
sino el fluir del
cuerpo fuera del cuerpo
mientras aguardamos
un crepúsculo
como estatuas nómadas,
en abismos hechizadas.
Si penetramos de
espaldas o en cruz, solo
la raja del averno.
No la distinción del
vacío ensayando sus finezas
con guantes y
pelucas
sino unas manos
vidriosas empolvándonos el rostro.
Lo que nos envuelve
entonces
es pólvora dormida
y pulpos que jadean
sorbiendo coronas celestiales.
Así nuestro aliento
nos tortura
mientras mutilamos
nuestras manos
con las monedas de
amor y sus furiosas ataduras:
derramamos la sal
de los lechos subterráneos
y en las entrañas
palpamos crujidos y secos nubarrones.
Tocados de
frialdad, heridos bajo las máscaras,
nuestra salvación
no es allí el cuerpo
que huye del
cuerpo,
ni el rezo repetido
hasta la herrumbre,
ni los fetiches
contra los pavores de la noche.
Si penetramos de
espaldas o en cruz,
la raja del averno.
No la cripta ni su
abrazo inescrutable,
sino la placenta de
escorpiones,
su sarape de
ilusiones venenosas.
¡Y qué lejos
estamos entonces del desierto
cuyos espejismos
nos conjuran!
Pues no nos alucina
ya ninguna magia
ni nos toca un
hongo acidulado
en la bandeja de
los magos.
Al penetrar de
espaldas o en cruz
somos
el beso de un
botellón quemante,
la reina decapitada
en el vientre de un canguro,
la mosca y el
moscardón defecando en las diademas,
el toro y el torero
fornicando melosamente.
Al penetrar de
espaldas o en cruz
sólo llegamos
a la raja del
aveno.
INTERMEZZO
Y tú, fantasma que
rehúsas los gozos de la carne,
tu carnada pide mis
más ávidas ventosas.
¿Pero qué se abre
para ti?.
A tu mundo vetusto
yo penetro
arrastrando estas cadenas, mi única
herencia entre los
hombres.
¿Pero qué se abre
para ti?.
Tú tan sólo deseas
vivir,
vivir de la cruz
nutricia, de las oscuras bestias cenitales.
Pues lo tuyo es una
niebla, sí,
una niebla en busca
de criaturas
que bramen al oído
de los videntes infernales.
Así tu pasmo cuando
aparecen aquellas criaturas
volcando tus copas
delirantes,
enredándote en tus
quemaduras de llanto iracundo.
Y ello porque los
videntes han venido a denunciar
la gracia de los
aparecidos
y han soplado
trompetas de júbilo
antes de caer en
una oscilación de rastrillos.
Pero tú, fantasma, desoyendo
a las criaturas,
te has arrancado
una costra
de donde han salido
hurones y alcancías
estremeciendo tu
cuerpo boqueante y desatado.
Entonces no he
podido evitar la sospecha
de que ibas a
lanzar sal al fuego;
con mala fe, he
pisado tu cinturón
dándome aires de
tribuno alentado
por espejismos
inclementes.
Pero la costra que
tú desprendiste
se ha vengado
cercándome con bajas infecciones;
una gran Z ha
mordido mi carne
para sustraerme los
bienes codiciados,
una gran Z en cuya
boca negras moscas tuyas
han devorado
vergüenzas inconfesables.
Y ello porque has
lanzado niebla a mis heridas
y yo he visto que
de adebajo de mi silla
robabas el botín
con los vivos alimentos.
Entonces has
lanzado aun más niebla
mientras un vidente
remordía mis manos
y del fondo de mi
cara deformada por lentísimas torturas
ha florecido este
hambre terroso y seco
a la caza de tus
traiciones.
Ah, pero en vano he
azuzado a las criaturas:
aun los perros del
vecindario
han rehusado
apaciguarse con la suma de mis despojos,
la cruz nutricia,
las más oscuras
bestezuelas cenitales.
CRIPTAS DE NOTRE-DAME
La llave que
danzaba al avance de mi soplo
me abrió las
puertas del subsuelo.
Abajo ardían los
reflejos:
un hombre deshacía
sus pecados,
un infante repasaba
las Tablas de la Ley
y una mujer
retiraba de las sombras
un jarrón lleno de
sustancias burbujeantes.
Absorto, el hombre
que deshacía sus pecados
apuró un cáliz de
ceniza amarga
mientras el niño se
puso a ablandar las Tablas
con una piedra
interminablemente bella
en tanto la mujer
repartía las sustancias del jarrón
en la boca de unos
ídolos que tejían látigos
para un inquisidor
que reclamaba
los cuerpos
tachados de su lista.
De pronto,
mezclándose con un zumbido de avispas
la humedad del
subterráneo nos dio
un chicotazo
inesperado;
el hombre rodó a un
rincón donde grandes custodias
lo acogieron para
infundirle un perdón
febril, adúltero y
total
pero aquello
espantó al niño de las Tablas:
gritando, el
infante fue a golpear su piedra
contra una mancha
del subsuelo
y al verlo así, la
mujer inmovilizó su jarrón en la bruma
dando paso a la
insurrección de los ídolos sedientos.
Blasfemando, éstos
aventaron a mis manos
una salamandra que
respiró con delicadeza suma
antes de
desaparecer en un pocillo de mi sangre.
Y vi entonces a mis
manos atrapadas por la llave
que ahora mezclaba
medusas con alimentos profanos;
de momento, la cara
del hombre absorto
fue presa de
espasmos soberanos
como si su sangre
se derramara en un cáliz
y el aire se pobló
con estalactitas y ruecas diminutas
mientras el infante
se puso a deshojar
unos crisantemos
cuyos pétalos volaron
a cubrir el sexo de
los ídolos.
Y ya iba a
producirse una revelación
cuando las palabras
raspadas de una Epístola
envolvieron huesos,
espinas y monstruos sagrados,
trayéndolos al
corazón del subsuelo.
Acá, sin embargo,
brillaron más
un crucifijo roto,
un minuto
desgastado entre coronas de polvo,
unas máquinas de
desdén y suplicio
y si bien de este
tumulto brotaron
reliquias y
máscaras y piedras preciosas
yo me vi en el caso
de apretar mis músculos
para igualarme al
hormigueo del niño
que ya
desportillaba un ídolo con ademán
de vencedor
coronado;
por una pasarela,
con desbocadas cabriolas,
el inquisidor
escapó perseguido
por dos cuernos
báquicos
el momento en que
la mujer hinchaba sus mejillas
para proclamar la
mutilación
de los
mandamientos, todos.
Un ídolo con facha
de buhonero encendió entonces
un infiernillo que
pintarrajeó al subsuelo
con follaje de
abedules:
de aquella
hojarasca el hombre sacó un bastón
muy blando, que
acarició antes de apoyarlo en
un escudo que
tiritaba con aire de guardián adormecido.
Ahora el hormigueo
de mi cuerpo
rezumaba para todos
una gelatina ebria;
con la llave el
niño revolvía la sombra del hombre absorto
mientras la mujer
apretaba el escudo tiritante
cuando de improviso
tuve la certeza
de que yo estaba
enloqueciendo con la peor de las locuras:
insoportablemente
me sentí vapuleado
por grandes olas de
misericordia
que se apoderaban
del subsuelo, misericordia
en forma de llagas
y pudriciones
que eran y no eran
un canto
que bajaba del
cielo con un desprendimiento
de lunas y Pléyades
y soles.
¡Oh, demasiada,
demasiada luz!
Y los ídolos
resplandecían
encegueciendo al
hombre absorto
que estalló en mil
burbujas,
sus pecados
transformados en sacrísimas verdades
de mi íntimo
fermento,
mientras el infante
saltaba sobre las Tablas
y la mujer...la
mujer y el inquisidor
se devoraban el uno
al otro
como amantes
enardecidos,
como gárgolas
celestiales.
Confundido por ese
alud,
gritando entre los
alfileres y zumbidos
que peleaban en mi
carne,
me eché a reír
salvajemente,
con el profundo
sentimiento de que mi alma se elevaba
arrastrando en la
subida los espectros del subsuelo.
Y mi carcajada fajó
al inquisidor
ahora que la mujer
cubría sus senos con manos delirantes
mientras las
gárgolas subían al altar
para el supremo
sacrificio.
Flotando en aquella
luz, a punto de desaparecer,
oí entonces la
procesión en que el niño sellaba
con su piedra los
ojos de los ídolos
en tanto pequeñas
muertes estallaban por aquí y por allá,
exigiéndome que
dejara mi cuerpo
como prenda de
redención.
Y luego, en la muy
tenue suspensión de mi mandíbula,
las carcajadas me
supieron a pétalos amargos,
pétalos que la
mujer
juntó para
frotarlos en la piel del niño
y en su piedra
voladora.
Un ídolo se lanzó
entonces al círculo de mis cadenas
que yacían como
áspides en las losas del subsuelo.
Y aterido y
rehaciéndose,
el hombre que se
había fragmentado
recuperó la sal de
sus pecados
libando un fuego de
aguijones y alimentos zodiacales.
Pero yo ya había
desaparecido por entero
cuando un susurro
de óleos exhaló
un aroma
inconfundible:
adentro, la mujer
vaciaba su jarrón,
el hombre lamía
fetiches virginales,
y las custodias
derramaban lágrimas
a los pies de las
gárgolas
mientras mis ojos
vagabundeaban
entre las migajas
del subsuelo,
entre las escamas y
alfileres,
entre el bíblico
cayado y la llave que ya cerraba,
lacrándola para
siempre,
una eternidad de
cosas muertas,
olvidadas,
infinitamente confundidas.
II
OTRAS
TENTACIONES
CUERPO NOH
Su espalda quiere
ser mirada,
la sombra que
despierta.
En la hermandad de
los testigos
ella desnuda su
espalda, no la empuñadura que sangra
sino su deseo del
padre que prohibe.
Pero la prohibición
desciende por sus muslos
habla recogida
y luego yerra piel
arriba, mensajera impura:
sólo al desplegarse
desafía ese cuerpo que ha soñado.
Pero ella quiere ir
adentro,
zozobrar en otro
fuego,
mientras los
testigos buscan su aliento y su misterio.
Así ella se solaza
impulsando inocentes ademanes,
vahos con fálicos
relieves
y la empuñadura en
la extensión más gozosa del jadeo.
Indiferente a la
mitad iluminada de su cuerpo,
ella embriaga sus
reflejos,
su piel
interminablemente tersa,
aquella brasa entre
sus muslos.
Y así se abre al
padre que prohibe y lo aísla
y saborea y ya
saciado su apetito,
se impone un
mordisco de bestezuela ahíta,
su sangre en la
empuñadura.
Tales sus hábitos,
el mandoble a la
hermandad de los testigos
y nuestro deseo
enardecido.
Pero suelta su
cabellera, ella se adormece de nuevo,
indiferente a la
sombra que se entrega.
PAS DE DIEUX
Han sido devueltas
como llamas de guijarro,
como mariposas de
oleaje fosforado.
Y pueden ser oídas
en los secretos de un tahúr
y adivinadas como
dobles pitonisas: pueden
serlo y acaso lo
serán. Pues pueden
traerme la
costumbre de desnudar las horas detrás
de los susurros, e
insistir entre violín y viola,
en aquel silencio
donde atisba Dios con
ondulantes
retrocesos, eterno voyeur
con su falo tan
fresco, y ávido, y fragante.
Pero pueden
asimismo devolverle
Su edén y Su cetro,
obsedidas como
están por la fiesta en que Satán
las gozará
encima de Su Santa
Mesa.
NIGROMANCIA
Rebosante, adueñado
de mi nada,
enciendo este
capricho,
lo elevo, lo
divinizo.
De mi cigarro,
envolturas
lentas que
despliego, mi cuerpo asedian,
lo instruyen en el
halo que lo envicia.
Y encaprichado,
acaricio el lecho del nigromante,
el altar que
glorifica la carnalidad de su hálito.
¡Ah! cuando el
nigromante despierte,
recibirá la
escarcha de mi instrumento
derramando sus
resistencias debajo de mi falo.
Así se enlazará
para discurrir de luna a luna
devolviéndome la
luz de mi odalisca dormida.
Y viejo frotteur
infante,
mis caricias
brillarán como monedas
y en la odalisca
danzarán sublimando
mis ansias más
secretas.
A salvo de la
muerte
¡a salvo del amor!
moldearé entonces
mi deseo dejando
lánguidas preguntas
en turbantes sibaritas.
Así desplegaré
nuestros espejos
para hincar los
dientes,
¡ah! profusión de
dátiles en la mesa
donde nos
serviremos
la oscura desnudez
de nuestros fuegos.
EMBLEMA
Muerte lisonjera
susurras
y es tu hechizo en
la noche dorada
y el pérfido beso
de tu vivo espectáculo.
Joven eterna y
deseosa,
clamas mas no
escarneces, di,
odalisca de lengua
aljofarada.
Lujurias y pecados
en tu seno son
gozos que me
absuelven,
odalisca que me
abrazas y
me dices,
“alcánzame,
desvísteme, poséeme”.
Ah, odalisca núbil:
en ti el Verbo es
cópula
más cópula divina.
Di, amante regia,
odalisca de lengua
aljofarada.
EN EL ESTUARIO
Entonces esperarte,
acechar tus pasos,
figurarme otras
convicciones
-metal impuro o
piedra cóncava-
mi mano avanzando
entre las horas,
deteniendo su
cascada,
vacío el corazón,
espejo de humo
para este fuego
condenado a la espera.
Entonces rehacerte,
clavar tu sombra al
filo de la luna,
tu silueta de los
días luminosos,
el rastro de
aquello que al rescatarte
te perdía entre las
lluvias,
ninfa del estuario,
ligera y leve entre
tanta lejanía,
indescifrable como
el sueño de un ciclamen.
Entonces
trasoñarte,
ceñirte en un
instante inamovible
con mares y años de
por medio,
con el topacio de
tus ojos
y tu imagen de alas
finas
y tu candelabro
marino
y tu astro mordido.
Entonces olvidarte,
liberar tu sombra,
el señuelo de mi
herida,
el espejo de mi
orgullo,
el eco de mi error,
¡oh, sigilosa,
oh, provocadora!
III
SPECULUM
EMANACIÓN
Y queda uno después
de todo,
el bloque dúctil de
tanta nada,
palabrería hueca,
sinfín de collados
sin espacio,
sin apenas soplo
que no sea tu
propio fuego
enronquecido,
desvergonzado.
Y quedan líneas que
fluctúan
engarzadas al mismo
viento,
al mismo
desasosiego,
al mismo cadalso.
¡Oh ebrio de vida,
insaciable Tántalo,
hermafrodita
Límite,
envilecido Numen,
ciegos míos,
mis cicatrices!
ABLUCIÓN
¡Ah! dar mi alma a
esta condena
y que no se rompa
mi febril encantamiento,
ni la muerte selle
mi destino
golpeando al fondo
de los cofres:
ser así, impar y
semejante,
borrascoso, eslabón
de equívocos grotescos.
Una nada y otra y que el cielo cumpla su
venganza,
criatura de sobra,
a la deriva,
revulsión en mis
escombros.
Que no cese mi alma
de erigir su ruinoso monumento,
farallón de mi
memoria,
sueño de asesino
entre reinos acuñados en el fango,
al fondo de las
grietas.
¡Un martillazo y
otro en mi lápida desierta
y que no esconda el
cielo su rostro difamante
en una atroz
máscara de gloria!
SACRAMENTO
Es este grito en la
boca de mi vientre,
este vuelo abismal,
esta corrosión
entre cúmulos de angustia.
Y es el crujir
gangrenoso y gutural del inframundo,
la risa que estalla
como herida en mi cara
y mi carcajada como
flor sanguinolenta...
¡ah! yo me deslavo
entre autómatas que
se contraen
para parir mis
dobles, mis salvajes sombras.
Pues vengo a
tumbos, de golpe en golpe,
en aquello que me
hace temblar el alma,
pender de un hilo, empalar
la vida
con mi amada en su
genuflexión para dar a luz
los poderes de mi
muerte.
¡Ah! los crucifijos
de mi falo,
y ese sol...esa
vianda fantasmal con
mis ojos en la luz
del túnel,
aquí donde me veo
ver
la vida fermentarse
y excretarse
por
el magma
de las llagas infernales.
FAZ
Son mis fracturas
mentales
y este masticar
imágenes
y el fondo corroído
y ovárico
donde me aplastan
los bellos
escozores de un impulso.
Y es ese impulso el
que me quema los nervios,
este círculo de
rayos,
esta proliferación
de vida ya echada a perder.
¡Ah, pero es entre
gritos y gemidos
por donde chorrea
la
baba genital de mis cadalsos!.
SPECULUM I
Sangrientos abismos
son los de esta alma femenina:
una sima donde vivo
masticando confesiones,
un fuego donde
habito como el tenebroso
escupiendo
juramentos, ebrio de vergüenzas.
Y este crujir es
mío,
mías las manos del
asesino cuando absuelven
el sacrilegio de mi
muerte.
¡Oh victoriosos
modelos, mi espectro tiene sed!
Si debajo de mi
sombra ustedes urden tramas luminosas,
las reverberaciones
del amor,
yo me aferro a esta
sima,
al frenesí de los
cuerpos que he profanado,
a esta pudrición de
vísceras maternas.
Oh victoriosos
modelos,
mi espectro no
escarnece
aquí donde el cielo
se hunde
y se levantan cadalsos
y se prodigan los
más fértiles suplicios.
De adentro, de la
fertilidad profunda,
yo recojo estos
frutos,
un espectáculo de
pontífices y gritos,
cartílagos y
látigos,
guerreros y
guardianes:
¡son las mesnadas
de mi alma,
las excoriaciones
de mi heraldo!
¡Y es el mismo
resplandor que antaño levantaba reinos y
el espejismo de sus
prodigios desdichados!
Pero bendecido
por
la hez de los misterios,
he aquí que en mi
altar se congregan
un fermento de
ofidios y de cardos,
la resina seca de
un relámpago,
el vómito de mis
sobrevivientes.
Y acechada,
y festoneada de
estigmas,
ésta es mi
alma
mi dársena de
tesoros vidriosos.
SPECULUM II
Soy el abismo de
una reminiscencia,
lo que calla en ese
abismo,
el camello del
punto ciego,
la sombra cosida a
mis huesos,
el estallido que
devora lo que estalla,
la molicie del
bajomundo,
el hálito
ensimismado de Dios.
Soy Su sima más
dichosa
en la luz de Su
agonía eterna.
IV
MUERTE
AL ALBA
I
Descubres otra vida
en el ayer:
es tu duelo
y tu silencio
al rayar el alba.
Deudo de esa sombra
ronda tu muerte,
oscura en el albor.
II
Estoy muriendo en mí mismo
como en ti,
estoy muriendo alto, en la
nada de la altura,
solo, en la soledad de mi
muerte.
Estoy aquí, observado,
aterido,
indefenso, en el vano cauce
de la lágrima.
Perdóname,
soy de otra parte.
De la vida calcinada.
Del instante en que dudé.
III
Reidora tristeza
me has costado mucho,
mis párpados pesan en tu
teatro, ya no sé:
me atormentó tu sombra,
el paso de los años,
la rueda inmóvil en que me
apoyé.
Pues fue esto:
naufragios en el fuego,
huellas perdidas en la nieve,
promesas que no deseábamos
creer.
Y fue esto:
silencios despiadados,
señuelos del olvido,
a veces preguntas contra el
sueño:
¿sabíamos querer,
deséabamos querer?
IV
Canta la muerte
¿lo sabes ya?
Viene tu hijo
¿estás a tiempo?
Te detienes
¿tiene sentido?
¿Cantas o mueres?
V
Lo que sueño está ciego,
es el golpe innombrable,
el dolor que no se nombra,
la impostura de ese golpe.
Lo que sueño está ciego,
máscara que muestra mi cara,
silencio que me anuncia,
estertor de luz violada.
Pero yo estoy lejos,
en las colinas esponjosas de
la muerte,
allá, donde cantan mis
labios,
donde mis labios cantan
al escupitajo del poeta.
VI
Pasos en la escalera
¿soy yo?
Abruptos signos de que estoy
en otra parte,
descuidado de mi ser,
en la albura,
donde empiezan las historias,
la sombra de lo que soy,
lo que naufraga,
tinta y tinta,
abrevadero sin pájaros,
puerto final.
VII
Creer que soy visible
en el sarcasmo del borracho,
en la palabra prohibida,
en la mentira que me protege.
Creer que estoy en ti
como si bastara tu presencia,
tu cuerpo ya visible
en la más ciega transparencia
de mis ojos.
VIII
No es cierto
y es de otra parte;
el aire tiene la promesa
y la promesa no eres tú.
En la caída,
en lo informe,
en lo que no podías expresar,
el aire tiene esa promesa.
En la luz avara de tus
sueños,
en la miseria aquella
que cubrías de oro
está esa clave.
He aquí lo que esperabas,
la fuente amarga de la
lluvia,
su gorgotear atormentado.
He aquí tus ojos
escocidos
en la sal de tus heridas.
V
SEDUCCIÓN
DE LA SOMBRA
I
Voy contigo, alma vagabunda,
te acompañan mi silencio,
mi quebranto, esta desdicha
inamovible.
Voy contigo sin saber a
dónde,
páramos, desiertos, ciudades
erizadas,
espejismos de íntima prisión.
Voy contigo pese a todo, en
esta
travesía por la noche y la
tormenta.
Voy contigo solitario,
fugitivo,
sin palabras que ofrecerte,
sólo fiel a tu camino.
Nada nos espera, lo sé, nada
ni nadie
salvo el recuerdo de nuestra
compañía.
¡Vamos! No estés triste, alma
vagabunda,
aunque no tenga consuelo que
ofrecerte
ya he vivido lo bastante:
seguiré tus pasos sin tregua,
sin descanso.
II
No te quise para mí, máscara,
espejeabas con saña mis
injurias.
No busqué ocultarme en ti
pero a mi rostro te ceñías,
despiadada.
Hoy, al despertar,
supe que te habías quedado
atrás,
en algún sueño agazapada,
protegiendo a mi alma
atormentada y enferma.
Y ahora,
máscara, ¡oh noble máscara!
la piel de mi rostro te cubre
y con mis ojos ves
y con mi boca hablas.
III
El
vínculo que a ti me une no es moral sino vital;
el
vínculo es esta erosión, este amargo retroceso,
la
intimidad sin salida de un sufrir intransitable;
la
última, la fría determinación que recorre mis huesos
y
bate mis sienes. Sellada mi boca,
te
habla mi corazón con latidos ciegos:
mi
vínculo contigo, suicida, viene del fondo del mundo,
de
este cuerpo y esta alma cuya vida hemos amado
y
padecido a un punto insoportable.
Mi
vínculo contigo, hermano de la sombra,
es
esta feroz, interminable soledad.
Pero
te tiendo la mano: nuestro viaje es largo,
el
camino sin retorno.
IV
Herida de amor,
no abjures de mi alma,
devuélveme la flor estigia.
Oh, loto del Buda:
que con mi sangre florezcan
tus diez mil pétalos
radiantes.
V
No te rompas, corazón,
acepta tu desdicha,
trasiega tu amargura,
abandona tus quimeras.
Corazón, corazón profundo:
ilumina mi camino,
acompaña mi silencio
a mi alma da templanza.
Corazón, corazón vidente:
resiste esta noche sin fin,
sin esperanza.
VI
En selvas de palabras
me he perdido tantas veces
con locura, con pasión
abrasadora.
Nada me llevó allá salvo esta
obsesión,
esta sed de vengar en mí al
mundo,
este delirio de culpa y
redención.
Pero ahora estoy del otro
lado:
a lo lejos, el depravado
fuego de los hombres
ya ensombrece el horizonte.
Oh, humareda de palabras:
ahora soy la selva,
su vértigo silencioso,
su impenetrable turbulencia.
VII
Otras manos son mis manos,
otro mi rostro, otra mi
distancia.
Cuando yazgo al pie de un
árbol
camino a lo lejos;
en mi silencio,
tumultuosamente hablo;
de cristal son mis secretos.
Uno y doble, a muerte juego
mis verdades
cuando digo mis mentiras.
Demonio ubicuo: ¡mi dado está
cargado!
VIII
Revuelo de sedas, paloma de
luz,
en el aire te creas y
deshaces,
musa de tu propia danza.
Desvelo de mi alma, cruel
dulzura,
ahora vienes, ahora vas,
lágrima henchida de ausencia.
¿Pero eras tú,
de paso por aquel frescor de
ensueño?
¿O era tu claridad,
mies de luna, seda de la
sombra?
IX
Cargado y oscuro vienes
a la intemperie de mi alma.
Un silencio sobrenatural me
envuelve.
Han partido todas las aves,
todos los vientos.
En el vasto cielo nada se
mueve
salvo tu sombra.
X
No me señales,
hechicera,
ni me mires:
soy la lluvia,
el olvido,
los vientos,
la tarde solitaria.
XI
No preguntes, arrójame
tu sombra, tu misterio,
tu aliento cálido y fragante.
No me digas nada,
remonta los susurros,
las corrientes de fuego submarino.
No te desnudes,
demórate en jadeos y
mordiscos,
y desciende por mi torso
con la espiga de tu lengua.
No te alces, Lilith, sólo
bébeme
y desángrame, oh guardiana
estremecida de mis gozos.
XII
El chacal dará cuenta de ese
ángel descarnado.
En el camino, de madrugada,
recuperan su instinto las
criaturas de mi sueño:
tersa piel en movimiento,
crepitación ligera de mis
sienes.
Aquel arupo que extravía su
fragancia,
ese arroyo que serpentea en
la colina,
aquel ibis y ese búho de la
luna
se alimentan de mútuos
resplandores.
Divina fertilidad oculta:
tu vaho envuelve lo visible
y todo tiembla, de madrugada,
en mi camino.
XIII
Cuando me levanto,
señor de mi muerte,
abrazo a mi sombra
y avanzo al secreto.
Acompáñame, caminante,
arriba del hondón añoso:
esta sombra sube en pleno
brío,
se expande, se adivina:
es luz, mas luz divina.
XIV
Amargo aquel amor,
amargo por dichoso,
amargo por obsceno,
amargo por perdido.
Si aún sueño en tu cuerpo,
¡en mí
no viertas más acíbar,
rescoldo del sollozo!
Amor amargo,
amor dichoso,
amor lascivo:
te rendí mis armas,
con ellas me has matado.
XV
Amorosa tiniebla,
femenina tiniebla,
angelical tiniebla,
tus alas bates, llévame a ti,
tus labios abres, dame tu
vino,
tus senos ciñes, escucha mi
corazón,
tu vientre acaricias,
exhálame tu fragancia.
Diáfana tiniebla
ilumina mi alma,
eleva mi cuerpo,
devuélveme tu misterio.
XVI
Aleja de mí esta vanidad,
esta impudicia,
esta falsa epifanía,
este acento lastimero.
Sólo sé tu misma,
alma
alma eterna,
frágil,
cadenciosa.
XVII
No moveré la rueda de mi
mente
sino la de mi corazón:
que una mano a otra ciña,
que una mirada en otra se
abisme,
que un cuerpo a otro penetre.
Moveré la rueda de mi mente
no la de mi corazón:
que decante esa pasión,
que sea sedimento,
sombra amada,
impalpable presencia.
XVIII
Tengo sed: me brindan sal.
Tengo sueño: me ofrecen un
lecho de púas.
Estoy triste, vencido y solo:
me regalan un espejo.
Así reconozco hoy las humanas
ofrendas.
XIX
Sea mía
la flor que florece del
dolor,
mío su trémulo perfume,
mía su herida dos veces viva,
mías las espinas de su
corazón.
VI
RESTITUCIÓN
DE LA LUZ
INSTANTE
Sólo la alegría de un acorde
justo,
la presencia sagrada de la
sombra,
el poema sin palabras,
la frágil criatura de los
sueños.
MIGRACIÓN
Luna llena sobre el mar,
un juego de naipes en el
vecindario,
los muchachos que corren por
la playa:
¡ya ni siquiera al silencio
estoy atado!
REVUELO
Laberíntica quietud de los
vientos
que la golondrina atraviesa
para llegar a mis manos:
¡nido tibio aún de lunas y
relámpagos!
METAMORFOSIS
Derribé mi viejo yo agusanado
¡cuánta luz tintinea entre
mis manos!
DONES DE LA LUZ
El ala de la muerte se bate
en retirada:
un grano de sésamo doy
al guardián de la aurora.
NACIMIENTO FINAL
No prodigaré oro con mis
palabras:
solo azahar, solo sombra,
solo silencio.
MEDITACIÓN
Muchas ideas,
pocas ideas,
ninguna idea:
sólo el viento
que maravillosamente sopla.
LIENZO MENTAL
Trabajo interior al romper el
alba:
¡bello mandil manchado de
colores!
NINFA
Laminilla de doble sexo
que entre delfines retoza:
en la comisura de mis labios
se posa,
en mi regocijo secreto.
CONTRADANZA DEL BUDA
Al salir del laberinto
¡cuánta luz susurra!
Camino a todas partes y a
ninguna;
mi canto se hace solo
- como la flor de Udambara
que una sola vez florece.
CONTENIDO
I FIGURACIONES
LA
CRUZ DE LOS DESTIERROS
AZOGUE
DE LOS POSESOS
ALTANOCHE
FIGURACIONES
RECOBRADOS
DE LA DISTANCIA...
TENTACIÓN
DE LA ESFERA
TEMPESTAD
LA
TERCERA MUERTE
INTERMEZZO
LAS
CRIPTAS DE NOTRE-DAME
II OTRAS
TENTACIONES
CUERPO
NOH
PAS
DE DIEUX
NIGROMANCIA
EMBLEMA
EN
EL ESTUARIO
III SPECULUM
EMANACIÓN
ABLUCIÓN
SACRAMENTO
FAZ
SPECULUM
I
SPECULUM
II
IV MUERTE AL ALBA
V SEDUCCIÓN DE LA
SOMBRA
VI RESTITUCIÓN DE
LA LUZ
INSTANTE
MIGRACIÓN
REVUELO
METAMORFOSIS
DONES
DE LA LUZ
NACIMIENTO
FINAL
MEDITACIÓN
LIENZO
MENTAL
NINFA
CONTRADANZA
DEL BUDA
EL ORO DE LAS RUINAS: Primera edición:
Ediciones Libri-Mundi Enrique Grosse-Luemern, Quito, 1994.