domingo, 17 de julio de 2011

ONTOGONÍAS






ONTOGONÍAS
Alexis Naranjo










I

ENSALMOS




ENSALMOS

Un espejo con memoria:
lunación para el olvido de mi rostro.
Oh, llama esa sombra que pasa y divídeme
en siglos, en arenas, en sueños y crujires:
la errancia de mi cuerpo
en el vacío de un espejo.

Un libro inexistente
y con ensalmos poderosos.
La mentira de esa sombra que descansa
y su insaciable sed de almas claras.
En la mirada del vidente
las soledades de un ciego.

Deshace el olvido cáliz de loto,
y finge y fija una espléndida certeza.
Quieres encontrarme, dices,
en una fiesta innombrable.
Una sombra y otra, el agua fluye en el estanque
bajo un relámpago de luna.

Gaza flotante, niebla,
polvo de falenas: blanco grisáceo, gris
brillante, brillantez húmeda, humedad del alma.
Lo que aguardo, dices, ya pasó o va a pasar.
Al latir su sombra viene
y es de blanco envolvente.

Los sonidos de un hexagrama 
en la concavidad del ensalmo quedan.
Y como testigos silenciosos
tierra, humo, polvo, sombra y nada.
Puedes emanarme, dices,
luna de infinitas lunas.

En la memoria del espejo
los ensalmos del libro inexistente,
loto eterno del jardín efímero,
humo, niebla, polvo de falenas;
sobre esa lámina tiendo los silencios
de un hexagrama inagotable.



UNA RESPUESTA DEL I KING

Salvado ya el obstáculo de su invisible cuerpo
veo al que consuma su obra bajo el signo
del Regente I: lago sobre lago,
lago al pie de la montaña.
Mi hijo gime alegre ahora que penetra
en la visibilidad de sus deseos infantiles.
Allí atrás del Regente y del regido
está como un espejo oculto: quedo, brillante,
en postura de milenrama que medita. Su arco
supermental reposa sobre columnas
de aire macizo. Y lanza dardos de sosiego.
La continuidad de su magia, la tenue lluvia
de imágenes sobre la infinitud de este instante,
el vivo llanto alegre que escucho al fondo
de mi casa: todo ha llegado con
el Regente I, lago sobre lago,
lago al pie de la montaña.



EL AVATAR

Mientras está
su revelación no dura, relámpago en la bruma de unos ojos que
penetran en otra mirada con la increíble
lentitud de la luz.
Mientras está
su mirada insufla vida en las criaturas dichosas: aquellas que en la
noche de otro reino, en la tempestad y la soledad de otro reino se
moldearon para crear al que ahora está contemplándolas: relámpago
que nace del agua, agua del divino practicante cuyo arado siembra luz
en el sonido de esos ojos.



ANCESTRO

Tiene ese aire de misterio
que burbujea en la copa de una grulla.
Pero ya que Ping-ting viene por fuego
yo me pregunto:
¿habrá alguien entre sus descendientes
que desafíe ese esplendor de antaño?



LA CORONA CELESTE

He forjado el anillo de mi nacimiento,
su invisible delicia y su sello de jade.
Pero sólo un  dragonero
pudo poblar mi palacio
y el alto pabellón de mis muertos.

A la sombra de una higuera
veo el río imperial que desemboca
en un sol resplandeciente. Me es útil esa luz,
este báculo poderoso, este revuelo de música dorada.
Mi voz no cesa: quien la escucha ha penetrado
en la Ciudad Sagrada; mi susurro
 levanta murallas, ordena climas de oro y rosa,
y ahonda el Tiempo hasta más allá de la muerte.

He forjado el anillo de mi muerte,
su invisible delicia y su sello de jade.
Pero sólo un dragonero pudo poblar
mi palacio y el alto
pabellón de mis sobrevivientes.



ACÚSTICA

Ella me pregunta: ¿Qué hago?.
Descansa en ese otro cuerpo, le digo.
Y  repite sus gestos y silencios y luego recoge
sus cadenas para uncir el carruaje que gira al fondo
de tus sueños como peonza de oro azul, y prepara entonces
tu vigilia para los rituales superiores.
El me pregunta: ¿Qué hago?.
Despierta en ese otro cuerpo, le digo.
Y cuídalo por extraños que fuesen su aliento, sus manos,
su corazón inabarcable. Pues ella es lo inabarcable
y tú quien la abarcarás. Y haz que su respiración penetre
en la tuya y entonces piérdete en ella
puesto que en ella te habrás encontrado.


DOBLE ASTRAL

Una llamarada de gansos salvajes
y el soplo del pequeño sismante
están desgarrando las membranas de mi muerte.
En el charco del aerolito que cae de mi plexo
un buzo encuentra
las máscaras que el sismante ha de probarse
una y mil veces
en aquel juego que se gana o se pierde contra uno mismo. 
Pero sumergido
a horas y horas de altura sobre esta tierra
el buzo lo verá enmascararse
como un dios púrpura,
enmascararse para renacer
en el soplo que desgarre las membranas de mi muerte.
Ah,
cada cien mil años
recobro este instante en que él renace de adentro
(soplo de médium, sollozo de cera hirviente)
en que él renace
para pedirme ayuda y salpicarme
con el dorado fango de sus excrementos,
con su balbuceo y sus reclamos,
con su llanto y su sonrisa
de  sismante sin fin.




II


PROHIBICIONES




LA PROHIBICIÓN

Yo soy como los macarrones con queso, que se ahílan y hieden; para gustar de ellos hay que haberlos probado muchas veces. A la larga te acostumbras, pero antes tienes que haber aguantado que se te suba muchas veces el estómago a la boca.

Flaubert

El relevo que cruza la barrera del sueño
no quiere mellarse
contra los recuerdos de mi fiel cancerbero.
Pero yo me he retirado a su guarida
y he frotado musgo para ver las irradiaciones
que se clavan tras una carroza de difuntos:
así he visto a un hombre
que pasaba sembrando cizañas en la noche,
a una mujeres parecidas a una migraña ardiente y
a un crítico que dijo que era macarrónico
este estilo aunque a él le gustaba enormemente
el slapstick
de sentirse joven y amado si bien a duras penas
se mantenía erecto sobre un caballito embalsamado.

No por eso yo dejé de incrustarme en la mitad
de dos desconocidos y ya adentro giré como el trompo
que larga piolas de júbilo
al hundirme en el ombligo de una estatua.
Y ello porque al girar vi el humo que salía por el turbante
de un árabe y vi a su amante
que clamaba por fuego
en el fondo de una palangana picada.
Y también vi que su mujer,
una cariñosa que vendía amores,
increíblemente declamaba
lo del boudoire de Baudelaire
o lo del Baudoire de boudelaire
pues su consuelo ¡ay! era un consolador
de tamaño consentido.
Quizá por eso el crítico
se puso en guardia antes de que un cisne
le tironeara de su barbichuela.
¡Pero cuidado y lo vayas a contar!, me dijo sobresaltado.

En realidad las lágrimas que escondía al decírmelo
eran como polvo de persianas
y cuando la pareja de desconocidos se acabó de perfumar,
él se puso a fisgonear buscando a alguien que lo quisiera.
Pero el relevo quería, en lugar de los suyos,
un par de ojos tamaño de cigarra inflada y
los quería para oír su violín por debajo del agua.
Más tarde, con el cubrelenguas que escurría sobre la palangana
del árabe, el viejo sorbió
una sangre de martingala nocturna
mezclada con el fuego chirriante que salía del violín sumergido.

Yo apoyaba mi cabeza en un tridente
que me soplaba sueños calientes y dulces mientras acariciaba
en las galeradas del crítico un chirrido
con gotas de tinta china perforando la pared de sus muertos.
Hacia el amanecer, ya perforada la pared,
un muchachón hipócrita me juró salvar al muerto
que durante mi sueño había destrozado los nervios del jinete
con un canto de cínifes oscuros, y salvar asimismo
a los mansos perfumistas
que discurriendo al lado del crítico lo habían asustado hasta dejarlo
ciclopédicamente confundido.
¡Pero cuidado y lo vayas a contar!, él me dijo sobresaltado.

Ahora, a su libro (que llevaba como trofeo bajo el brazo)
me di maneras de rasgarlo en seco para mostrar
sus cartuchos llenos de fechorías impalpables:
con el cisma de sus lectores un gusano se corruscó en su consciencia
y su relevo, con la mejilla abierta
por el beso de una tejedora,
y su mayordomo envarado en el máximo bonete de la luna.
También una gubia sacó caspa de sus sentencias,
y el hisopo que encendí en la madrugada
exhaló un fantasma acidulado.
¡Pero cuidado y lo vayas a contar!, él me dijo sobresaltado.

A punto de leer los pensamientos del anciano,
el chef de los nigromantes se transformó en
un gran escarabajo rebullente, amuleto que me acompañó
por las nervaduras de un chopo
apenas el jinete empezó a morder
el respaldo de su silla alada,
alada con laminitas de papaloteros obesos.
Y por eso, sensatamente, envolví con ellas un calamar eléctrico
que humanizaba con fruición la gran mente de Dios
(que estaba llena de esmog).

Otro empleado se vino a pique
contra el paredón de mi ciudad y gritó
pidiéndome un tícket para un viaje sin retorno mientras
los borrachos de la taberna festejaban
la extrema sobriedad del muerto
que desparramaba cerverza sobre su hermano
mientras un albañil desemparedaba febrilmente al gato de Poe.

El rollo del Mar Muerto brillaba sobre la mesa de la taberna
y unos malhechores fingían ignorarlo;
el calamar en la envoltura a prueba de ruidos
dejaba un reguero de pólvora
sobre el laxo vientre de la estatua de mármol.
Sin embargo, nosotros nos preguntábamos
a qué hora nuestro pellejo sería usado para tapizar el falso cielo y el
falso piso y las puertas falsas. Y nos preguntábamos si al caminar
olvidaríamos para qué servían las agallas de los malhechores y si
saldrían de sus bocas las mismas palabras que estaban enrolladas en los
viejos pergaminos del Mar Muerto. Nos preguntábamos por el
pisapapeles que ahogaría el chupeteo de sanguijuelas en los
homóplatos del relevo. Y nos preguntábamos, en fin, cuál sería el
destino del anciano al traspasar las trompas de Falopio donde ahora
buscaba un último refugio.
El asunto, pues, era de elástico
y podíamos colgarnos de sus perchas regaladas.
¡Pero cuidado y lo vayas a contar!,
me dijo el crítico, sobresaltado.

La sangre chorreaba de las sanguijuelas,
estas succionaban el cadáver de porcelana de Allan Poe, y éste
examinaba el ojo carmesí del árabe saltimbanqui mientras sentíamos en
la nuca una procesión de mujerzuelas doradas que invadían
la estantería del chef de los nigromantes. Distraído, el chef batía
en su marmita una cantidad correcta de billetes no muy manoseados y
aunque yo me equivoqué al gritar
¡Hosanna, Hossana!,
(y si bien no nos parecía llegado aún su punto al caldo verde y
espumoso) se impuso sin embargo la idea de soltar los batientes,
ablandar al monigote que contaba los secretos de su felicidad porcina,
y brindar por el artificio de la cigarra que penetraba
ahí donde un humo había humedecido los ardorosos labios del chef de
los nigromantes.
¡Pero cuidado y lo vayas a contar!,
me dijo el anciano, sobresaltado.

De la taberna fuimos a la iglesia para consagrar la Piedra del Envarado,
y de ahí, trabucados con vino añejo, fuimos directo al redondel bajo la
luna. El anciano nos esperaba con la insólita noticica de que nos habían
invaginado a todos de tal modo que no nos quedaba otro remedio que
fingir, critobar, o nonear: de cada cual según sus capacidades,
a cada cual según sus necesidades.

Yo me dediqué, haragán como soy, a este menester de noglaría y quizá
por eso vi pasar mis sueños en un soplo, una botella con pescaditos
fosforados en el soplo y entre los pescaditos, chapoteando,
al anciano crítico que repetía sobresaltado:
De todas maneras es macarrónico,
pero ¡cuidado
y lo vayas a contar!




CONO DE LUZ

La sonoridad del tiempo era algo perfectamente perceptible tanto para Rodolfo II como para Luis XVI.

Historias del oído
H. Driess

La burbuja para nervar me sirvió apenas
pues una cordela anudada a mi sombra
me tironeó de golpe: ahí estaba yo,
afilando una llama de sílex, mis manos
dentro de enormes fundas llenas de conejos.

De pronto dos de ellos,
los más rápidos, cruzaron la pared de la burbuja
llevándose al mejor de mis músicos y entre
maitines y laúdes me vi acosar a la mujer
que caminaba por dentro de mis gritos
dando voces parecidas a un resquebrajamiento de cristales.

Hechizado, me senté bajo un cono de luz
a pulir otra imantación;
precisamente de mis ojos salían dos cordelas
que al fondo de la grieta precisaban
una pareja de reyes relojeros.
Sin embargo sobrevino una voraz procesión de termitas
y la difícil armazón del trono se echó a perder;
vi salir a borbotones agua de la médula terrestre
mientras un laberinto se abría en mi corazón.

A través del laberinto vi a la mujer, a través de la mujer
vi la burbuja, a través de la burbuja al Rey del Nacimiento
y a su hermano gemelo, el Rey de la Muerte.
No tuve más remedio que ayudarlos a que llegaran
hasta mi corazón
donde han instalado para siempre su inescrutable
Pabellón de las Resonancias.

Ahora, con mi llama se iluminan los gemelos, con
sus bastones hacen resonar un triángulo
mientras bañan a la mujer de la voz resquebrajada.

Yo los escucho sentado en una banqueta,
afilando la llama que guía
a mis músicos en su paso de la sombra a la luz
(y viceversa) pero sabiéndome esclavo
de los designios de la mujer y la pareja de reyes relojeros:
una eternidad en que aparezco y desaparezco
diciéndome, no puede ser, si yo ya he vivido esto
diciéndome, no puede ser, si yo ya he vivido esto.




PARA OTRO SUEÑO DEL ADUANERO

“...viejo burlado burlón como el Aduanero, que se ha abrazado con las cuatro o cinco cosas esenciales para un artista”. “Pero ese hombrecito que empuña su flauta o su violín, es el único que realmente está hechizado en su época. Vive, sin que ésos sean sus deseos, dentro de un huevo de cristal, solamente para sentir la diferencia de las dos densidades”.

Oppiano Licario
José Lezama Lima

Una presión en su párpado de mármol le anunció la llegada
del árbol que chorreaba tinta de la noche: una presión
en esa cara de ladrón fenicio atusando su espesa
bigotera de gran subasta nietzscheana.
Las mismas agujas acolchadas en su zarpa
exudaban un boleto para el
espectáculo del yo no los quiero de su nombre
mientras un augur de huesos negros y guantes escarlata
asestaba un anillazo en mi corazón estragado.
Unos rechonchos sabihondos, a punte pala,
entrando en la nave izquierda,
le roturaron al tótem como un signo de muerte en la frente
y una loca repetía yo no los quiero de su nombre,
cuando se iniciaba en la conjura de sus bienquistos.
Pero no importa: un portón
atajaba al hombre apresurado que en vano intentaba examinar
el hambre de su reloj hambriento
cuando súbitamente un disco aromoso fue lanzado
al corazón de su bocanada; doce campanadas resonaron dentro de un
pez linterna atrapado por la leontina del hombre apresurado
mientras la melena del león del Aduanero
se electrizaba junto a la gitana dormida.
El fluido eléctrico entresacó chispas nemotécnicas
de la libre asociación
entre la leontina y el león del Aduanero;
un minúsculo avión zumbaba de su bastón a la mandolina
y creo que al final se decidió, quand même, por la mandolina.
De un porrón de agua salió entonces la hélice con que se
tonsuraba a los bienquistos
y una araña de celuloide
vino arrastrando muertos a campo traviesa
hasta que dió con la catacumba
del tótem, tótem con colmillos de oca
y con aquel bigotazo de gran subasta nietzscheana.
Una pesada molicie
y un enervamiento mágicos me trajeron así al embudo
más alto y la que no los quería de su nombre
se atrincheró del lado interior de la puerta, soportando
el martilleo de un angelote vernacular, epiléptico y barrigudo.

Con la llamita azufrada
que salía de su putrefactio eminentísimus
intentaba aquel angelote reparar la mitad cercenada del rostro
del tótem y había que verlo:
mordeduras en la madera
que largaban tinta china, ósculos tan abiertos que de ellos
salían bancos de pirañas y una muchedumbre enardecida exigiendo
que sus palabras segregaran algún sentido.

De hecho, la gitana
volcó el tiesto de los tubérculos milagrosos mientras
el hombre apresurado soplaba humo en la oreja de un ciego.
A mí me sotrinaba que cualquier engolada encendería un minué
o montaría los trípodes de un famoso cameo
pues a paso de ganso, en la botella de Leyden, un soldadito
ensayaba ponerle halos a la luna que arañaba.
Al tótem, en cambio, le irritaba que el soldadito de plomo
saliera gateando por el túnel más negro
mientras pasaban a su lado
los camioneros de un convoy robado.
El tótem se perfumó entonces
con patchulí mohíno y tiznándose el párpado de mármol
dijo yo tampoco los quiero de su nombre:
francamente el frío que sentí en el gaznate
estuvo programado para después
de que el convoy arribara a la platabanda de las perforaciones.
De todas maneras alcancé a ver
cómo giraban sus gigantescas llantas de azufre encendido
mientras un atleta con aire de vampiro
puso a tiempo su paraguas
para que bajara sin mojarse
el tótem agotado.

Ahora el augur brabeaba, engurruñado
como manchón de un mal examen
pues se había orinado faraónicamente su recién nacido:
orina cuyos riachuelos formaban ya
la melena del león subido a una castaña,
castaña que derramaba su sombra
sobre el adagio del tótem ya del todo recostado
en el lienzo del Aduanero.
Pero no importa:
yo sé que todos piden que se abra al menos una puerta
para el hombre apresurado
y una claraboya para el recién nacido.
¡Pero qué quieren!
si el recién nacido gozaba
hidrópicamente con la orina que inundó
el piso ya bendecido
y además
¡yo tampoco los quiero de su nombre!.





III


BESTIARIOS




TROPPO

Animalusco del ardid gracioso
que al otro embistes: la pavana repiten
de Lully las escamas de  tu  peto,  y en olas
rubias te desdoblas, no en el desierto, sí en tu oasis.

Abrazado a las infinitas sombras que en silencio
elaboras, te acechan trémulos, no alados,
concupiscentes forasteros:
el ámbar rojo, flor de tu fiesta, flamea
de noche.

Puede imitar la obsidiana tu filosa transparencia,
el mover glaciares aumenta tu molicie, anulas
el tiempo  cuando  respiras:  purificas
siempre el vértigo de
otras muertes.

Y con tajos de
azur quemas sonidos,
tu agua espectral se adensa, se olvida,
reaparece: de tu hociquillo una luz que mana,
 no añosa, recién lavada, y en tu albedrío
retozas, drolático, vivo.



OJO DE POZO

Sometimes naked, sometimes mad,
Now as a scholar, again as a fool
Here a rebel, there a saint,
Thus they appear on earth- the Perfect Ones.

Viveka Chudamani

Al echar mano a una lechuza, un saco elemental
para el pocero encuentro: en el saco nubarrones
y raíces alimentan al pocero que tritura rocas
en la mañana estrepitosa.
Pero celadores y locos, locos y celadores
son los que ahora me extrovierten: con un sol arrancado
a su lecho de piedra me alumbran
y con su sombra me guían:
después de embadurnar con grisú la cara de sus jueces
a mí me toca fundir los lingotes, remeterme
en una cápsula a prueba de ruídos, y en cuestión de segundos
desaparecer, escurrirme, volar
con mis branquias todas estallando como
un gran pez pirotécnico.

Pero quedan la lechuza y el pocero desgañitándose con el
silencio horrible que me sale del ombligo.
Y por eso me toca de nuevo jalar desde abajo tantos
monstruos y pudriciones y derrumbamientos
y vómitos de orgías subterráneas.

Porque entonces
un engendro toma estremecido
la forma que yo oculto
-avergonzado y sucio- y sin embargo
tan perfectamente puro
como el Buda Amniótico.



NOVILUNA

El esturión que revolotea en los ventarrones de Tindall,
sobre nosotros, amado tetrarca,
va llevando al esplendor su sacrificio. La fiesta del nopal
lo incita mientras tus tijeras la ciudad recortan, tetrarca,
en tu soñante precipicio. La rueda de tu frente
está sangrando. Tu peplo ya  no cubre esa luna que nace
bajo el puente de los mancebos. Ese puente que se arruga
corrompiendo la espuma que dialoga, el diálogo increado.
El esturión tampoco es real, bien lo sabemos,
pero su diálogo no cesa.
Su diálogo desova. El fuego que lo vuelve eterno
es el mismo que se anuda a los viajeros extraviados
y aún a tí, tetrarca,
que dibujas animales hechizados.
Pero todo hechizo sacrifica, es la roca en que se grava. Así
el esturión y las niñas que se retiran para volver
como papizas gordezuelas.
Un péndulo posado sobre sus vientres
ha hecho las veces de adivino, tetrarca:
tu bolsa está llena de niñas convertidas en
esclavas zodiacales. Y ello nos recuerda esa nube ovillándose
para penetrar en la habitación de Tindall. Nube glotona,
jocunda, sorprendida, no exhalada para recibir
tu esperma frotadora. Pues lo tuyo, tetrarca,
es el incesante trino que se extingue por detrás de los tucanes.
Y tu manera de cerrar el diálogo es cascar los péndulos,
cascarlos contra el amarillo de las yemas,
cascarlos contra el rosa de las niñas,
cascarlos contra el negro de los astros.




IV


CAUTIVERIOS




PLEGARIA POR JOB

Sin mortaja ni sarcófago impacientes,
aquel animoso que divaga, un soplo de ceniza
y el clavel al fondo del abismo que lo eleva. Su flauta
conjura las martingalas de ese abismo,
su duro brillo en la ventana. Cuando él así lo finge.
Cuando él así lo hila. De sus manos el hilo
se le escurre, portador de otro tiempo, cuando él
a la ventana nos apremia: un potro que galopa sobre
el río nos está trayendo los corazones de su búcaro.
Oh Job, abismal Job,
el animoso que te vuelca con sus escombros de inocencia
sobre el hervidero en que tres lagartijas plutónicas
están tentando a tus tres hijas impetuosas.
Oh Job, abismal Job,
el animoso ya está de codos en la ventana que da al abismo,
exprimiendo un gemido seco,
abriendo el vivaz entrecejo de donceles dormidos,
besando los labios de las tres mujeres impetuosas.
Oh Job, abismal Job, tus amargas alegrías.
Y es que al animoso tu amargura le unta de aceites
que le dejan como un vaho de estuario
con madréporas sopladas,
con soplos de las máscaras
de los entrelazados donceles. Sólo que esos
soplos no logran desplazar al animoso
hacia el andamio de los creyentes:
desde el mirador de su ventana
él está tocando ecos
de  esos que vienen hinchados de humo
de esos que están congelados
en un fuego resoplante.


NEGACIÓN ARISTOTÉLICA

Desplazado, irredento, hundido en su gardenia negra hundido
en la ominosa flor del boqueo que suprime
exhalando peces raya
y ruidos que gotean al fondo de sus sueños
como cales del osario
como aullidos del cancerbero
devorando placentas en el laboratorio de Hermes.

¡Ah, el tercer hombre
es su cuerpo cierto,
su manantial de hechicerías,
su amor por criaturas imposibles, bucentauros,
fango, gnomos, cangrejos, psiclones, resplandores
y muerte y niebla y semen!

Y es el punto infinitesimal y pulsante,
el punto que taja rapidísimas presas, más breves
que el festín de sus azores.
Y desbroza lo que extiende y equilibra en su axioma
al mapache y al infante que pinta
con Paolo Uccello la encarnadura de un ángel.

Y con un salto entre abismos
cae al siguiente abismo: su tercer
hombre arremolina piedras y sentencias
y crispaciones de erizo: así evacúa
evacúa la
eternidad y la piedra,
la piedra de su espectro.




CAÍNICO

canta un cadáver exquisito
Dadá

Con las palabras que ruedan de la mano
hurgar despacio y con ahínco
 como el ceñudo topo del misterio
o como el pájaro martillo empecinado allá en lo alto
en su resinoso paraíso.
Hurgar
 en medio del crepúsculo
así como los perros iracundos
memorizan todos los venenos pontificios. Oh
hundidas flores celestes:
que la unión del demonio con un pedazo de diamante
dé un tritón con cola de carbunclo: oh
dejádles entonces que rindan sus poderes:
un chorro seminal contra la luna
la luna hechizando a una muñeca
la muñeca susurrando obscenidades a una momia
la momia que en las grutas del sueño
nos abre sus máximos sudarios: oh
dejádles y que todo ruede para desternillar
la quijada de Caín
y el polvoriento cajón
de su calavera exquisita.




HERRUMBRE

De pie en una estrella de tamaño negro
su estupor de hielo se desata
moldeando esos cristales que le arden en las manos:
el primero entre balidos y pisar huraño,
el siguiente enajenado en su amor priápico
y el tercero inflándose como
el urogallo que lo penetra.
Para salir de sus pulmones
el vaho de la estrella se endurece y sale disparo
ahuecando su moneda con la lengua
ahíta de fuego.
Y la moneda cae:
abajo la está esperando
no su calavera, sino aquella 
con el pendón de las mutaciones.
Pendón para el masonero
de la estrella y la enana que atraviesa
mis nacimientos entre juncias, basurales y aullidos,
en la orgía de los descabezados.
Orgía
que rehace la bóveda 
astillada con la suciedad de mi juramento:
el urogallo que tiñe la noche no se detiene
en celadas rodantes sino que se infla
dentro de los cristales.
Pero ya que todo es un estupor
erróneo, malescrito y errabundo,
un no-apoyo para la estrella de tamaño negro
creciendo en el ombligo de la enana...
¿nos cobijará al menos su herrumbre,
su herrumbre y el quemante estupor de mi máscara?




REAPARICIONES NO SACRAS

Punza el oficiante su vegija
y silba, abanico muy agudo ,
y se abraza en un amplexus que protege al iniciado.

Abajo, al fondo, está su casa
y la pizarra que raya con tiza piruja,
soplador que recurva
un acuario para demonios consentidos.

Y profiere cantidades inusuales de
ceniza y gólems y mentiras mientras
un famoso trío de mandolinas
lo acompaña en su predicar a
la gorda con el graznar del bodeguero
obediente a la cifra de monedas gastables.

Pero su sombra se escapa,
desflorador de féminas ante la puerta sellada,
y sus ganas vuelven hacia la resuscitada.
En lo que aún no está apañado se oye
a una muñeca correteando tras el punzón
del oficiante.
¡Ah, félida, ah parafernalia!

Pero las manos del iniciado esposan a la 
resucitada para fornicarla en el patio,
soplante soplado,
abrazado en amplexus,
¡y su balano con la uva chupada!




EL INCONSOLABLE

Estragon.- Je suis malheureux.
Vladimir.- Sans blague!.

En attendant Godot
Beckett

No conoce el sentido de la tierra
aquel inconsolabl.
Alguien lo ha soñado
manipulando títeres en una aventura de desastres
pero dominado por muñecas
en el lupanar de sus venganzas.
Quizá por eso aquel inconsolab
se rehúsa al Yo inmortal y a su amante, la muerte.
 Y así, contra un cielo de ceniza,
avienta el cráneo del pez celeste,
lanza las raíces secas de su macetero negro
y blande un cayado asesino.
Y no obstante, su fluída pero dolorosa palabra,
(con ritmo de ataúd espástico)
hurga en las llagas de ropones y paredes:
aquel inconsola
se pone su máscara de amor que ríe
con una risotada en llamas.

Pero no ríe con su boca blanda y estragada:
sólo su cuaderno y su biciclo ajuntan mis cuentas, mis
poderosas cuentas de miseria.
Y apenas aquel inconsol
se asoma a los espejos
 (con ojos centellantes y vacíos)
cuando ya sus lunas se trizan:
una catarata de azogue arrastra a sus
muñecas hasta mi deslave de múrices.
Quizá por eso aquel inconso
no juega con los despojos del festín
de sobretumba: ante la mesa servida
él tiene hambre, sed acuciosa de amante tapada.

Aquel incons
abre entonces el ataúd en que danzan
el sepulturero y sus aliados.
¿Aliados?
Pero, ¿no he dicho que aquel incon
sólo conoce del alma que perece?
¿ Y que así aquel inco
tritura esta pregunta y pone y dispone de mi alma
como otro escollo de cadáveres?
Oh, el inc,
el in
que no se consuela con el no
con la no-cosa
del
i.





V


LABERINTOS





ESE IMPERIO DEL GHETTO

Un murmullo que va desmoronándose,
un tiempo que va desmoronándose:
un puñado de polvo que navega en cáscaras de oro
sobre el río del insomne.
Un insomne que estragado se levanta,
se acerca a la ventana,
memoriza bloques de granito
y luego besa la nube de smog
para intercambiar mandíbulas de zinc
con el piloto que se evade.
                        Un piloto que aprieta
ciego el regalo que está esperándolo
en el famoso mueble
que te muerde. Ah grotesca insurrección
de dientes: el ebanista gay esconde ese mueble
aunque corre sangre de vírgenes
en las playas más extensas de su mano
y el mueble vuelve con succionantes bordes genitales.
Pero igual se deshace, se rompe
en llamas y carbones, en carbones y gorgueras,
en gorgueras y en hijadas de caballo.

Aprieta, aprieta ciego
el que te lleva y su sombra dibuja un garfio que alimenta
flores férreas mientras mil oídos se despiertan
y es preciso que en su cerco demos arañazos a lo oscuro.
La insomne madrugada se derrumba
sobre drogos
que han comprado escenas
para un crimen sublimado:
con rencor buscan otra piel
entre lupanares y tabernas del suburbio:
un buitre hace muecas y simula apretarles más la sombra.
Y simula jetudo entender sus rencores
historiados con hambres y jaulas y filípicas,
con años ahogados
en los zaguanes del amor, en los retumbes
de autobús, entre codazos
contra sudadineros afilados. Y ahora el buitre
quiere venderles una imagen,
venderles y revenderles una imagen,
flaco, hirsuto, enervión con sarcófago de leyes
para una fiesta con crines de grito negro
y parches de tarlatana total.


DÉDALOS

re-
paladeando este terrón a-
ljofarado del pájaro cigarro
sobre un tamarindo en flor y de-
gustando el chorro de halógenos en la noche
de motocicletas yámbicas: belcebú que
no se opacará por una paga divina mientras
las papilas del p-
roleta Yo un sabor a miel apuran en recuerdo a los
sensibles tinajones de la muerte.
Pues abriga un veneno no descastado
en dialécticas tan rancias: palo de rosa
y benjuí o benjuí y palo de rosa trama
para estilizar un chupeteo de labios no pontificantes y
un obelisco que trocado en enano pop
traerá cocotas con lenguas
deliciosas: y ablandará así su
botón multi-
milenario con un marxisingle lloviznoso y la pasta suppa que
tapiza poemas al
chocolate crucial: ¡hurra de la engatusada
con su obelisco cebado!.
P´ti bourgeois su trompa ninfal al filósofo no le gusta que de-
gustes... ¡muéstra - dice- tu no-alma esclava!.
¡Tu no-alma, tu no-alma,
tu vida material! ¡Muestra! ¡Muestra!
¡agh bor
               borismos
                                    de bastoneros!


HILO CATÁRTICO

ah, el  bello, el anfractuoso sueño del insomne           
yéndose a una pira helada
mientras el gigantón recostado
en su mandíbula pulsa
el clavecín hermafrodita

ah, que en los ijares de un ángel paralítico descargue
sus pecados como celebrando una celada
y que las teas que lo hielan
en su lecho de placeres no descubran la virgen
que violó como domador de vampiros

ah que su loco foso suspendido, voltejeado,
foso de larvas tironeantes
suelte cantidades horripilantemente excesivas
de zancudos adormecidos
y que aquel ímpetu adquirido
entre demonios y hambres de cetáceo
su testa emboze,
su tosca y tonta incertidumbre ante la tarea de coserse
los párpados para rebuscar monedas calientes y frías.

ah que el ardor de sus muchachas lívidas
acompañe el jugueteo de guantes para su larga pezuña
y que un relámpago lo libere de lo ya vivido
asegurándole un cadáver
ahíto de malentendidos, acolchado en un féretro
con hormigas de hielo y  resguardado
por el ángel a control remoto
de la intocable bóveda divina.




VI


ONTOGONÍAS





POETA

Every poem an epitaph 
T. S. Eliot

Poeta: jardinero de epitafios.
Octavio Paz

Se ensaña en lo que repasa,
se ensaña en la mano que golpea
sus sonidos más claros,
se ensaña en los signos que dominan
su locura y con ellos busca tenazas
para girar sin piedad en el fuego de
escorpio, atenazándolo.
Pero su espalda le impone otra sombra
y las paredes que lo vuelcan hacia afuera
le abren un paisaje con diabólicas legiones;
ensañado, clama por invisibles auroras
para sentir una muerte bien ganada,
o para remontar su curso por debajo de la tierra.

Pues ¿dónde empieza su vida, su verdadera vida?

Y se ensaña con los demiurgos:
aunque fácil, aunque desesperado, es imprescindible
ese juego de decapitaciones.
Así descubre que su propósito es un crecimiento
                         monstruoso:
mil ramas de vidrio brotan de cada nuca partida y
y nopales y cardos echan flor
tras el solitario desangre.
                        Ah, pero esa sangre
dura y corrompida
dura y bastarda
                        no se escurrirá entre la pasiva tierra seca.
O se escurrirá, pero de cada
gota crecerán de nuevo las mismas criaturas
ensañándose
                         en su sepulcro, 
                                                  insepultables
como demiurgos de vidrio sensitivo,
                                                        de vidrio masticado.

Y es en sus entrañas de hidra y noria
y en la delirante agonía de lo que nunca morirá,
donde él
            se vanagloria y se hunde
            se hunde con
sus planetas aullando sobre las cabezas reventadas
mientras va escupiendo chirridos y aerolitos
y llagas y pudrimientos

pues solo
              él 
                    -poeta-
                                    se ensaña
                                               en el resplandor tenaz
                de su mueca total.




THOR

Supuras insoportablemente tú, Thor,
tú que has pervertido a los hombres superiores.

Ah, que del tajo nefando
de tu nuca se derrame para siempre esa pus y ese hedor;
que mi odio te mantenga en estado de putrefacción viva
y que eternamente sirvas de pasto para las más puras
de las almas a tí condenadas.
Ah, que en la cloaca de tu boca hallen
las más bellas almas un beso purificador y la verdad,
bestial Thor,
tú que divinizas
esta vascosidad esclavizante,
esta cosa fetal y fecal
que ha enloquecido a los hombres superiores,
¡ah, supura, supura
insoportablemente tú, patrón de los martillazos celestes,
engendro abyecto,
pestífero,
inmortal!.




PRIMEVAL DARKNESS

Es esta osamenta,
este retumbante cráneo
perforado por vidriosos golpes de hielo;
es este clima
de lemures patriarcales reventando
la repugnante burbuja de sangre
que me ahoga.
Es esta demencial lucidez
ahora que he desgarrado la membrana
de mundos pegajosos,
yo
que he saciado a remotas madres
y a insaciables hijos
con la plétora del infortunio,
yo
que soy esta separación,
esta letanía de suicidios claudicantes,
yo
el no nacido,
el que devoró vísceras amadas
para un vómito de espinos.




RÉQUIEM PARA EDIPO

...un gnome cornu, vellu, et ailé...

El ente dilucidado
Fray Antonio de Fuentelapeña

En la noche
mi muerte se desovilla serpeando en silencio
pero la violencia de su artificio
me arrastra hasta esos ídolillos ruinosos que aúllan
cuando la serpiente retrocede.

Me toma siglos oir a la calavera
que se hunde en mi cráter
aunque es instantánea la luz que derrama,
la piedra en la frente del animal que acapara mis rayos.

Un dios infernal y otro de núcleos sangrantes
tienden mi lecho de púas.
Debo haber transmigrado entre muros
a horcajadas de una bestia solitaria,
sobre el resplandor de un  desierto; 
no he olvidado el atronador vacío de mis mordeduras videntes,
ni los festines de música caníbal
ni el hocico gárrulo, oh bestias piadosas.

Y ahora, sorbiendo médulas,
mis colmillos en carne viva,
yo siento, yo siento esta tiniebla que restalla.

Y tengo... he aquí que tengo el corazón de cal,
un hueco de cal viva a la intemperie
mientras los sedimentos fetales de la noche
vienen a inflamar mi faz corrompida y engañosa.
Un tahur
y un arconte,
un bebedor de antimonio
y un cabalista vicioso,
un templario libertino
y un trasgo,
un histrión sanguinario y un sepulturero
emergen de ésta, mi putrefacción
nocturna.

¡Ah, enconadas serpientes del espíritu que estoy desovillando!.

Y desnudo
tajo con la punta de mi hoz la uretra divina,
y beso y lamo la verga de este gnomo cornudo, velludo y alado
mientras mis uñas rascan las fontanelas de los recién paridos.
Y partero, sorbo sangre nueva,
y resuscito y me apiado de mi torvo asesino
y vuelvo a colocar sus testículos en mi nido venenoso. 

¡Oh mi esperma negro!

Durante siglos he esperado 
esta pululación de gusanos
en los conciliábulos maternos.
Durante siglos, fecundado por las mujerzuelas del tenebrario
mi hálito ha sido un flujo de venganza y de suplicio.
Y ahora, todos los que en mí se hunden para esclarecer
la quemante ancla que me impulsa
vienen a dar con el fogonazo del médium
en la boca de una orgía rebullente.

Ah los silbidos de la serpiente
y sus ansiosos sudores de hembra violada
por este falo de metal al rojo vivo;
ah el búho que porta mis viandas fúnebres
y pierde sus ojos al fondo de la raja,
en el hedor de la sibila
que vomita tridentes 
y espinas y ardientes crucifijos
en las lijas de mi lengua.

Un odioso río de seda negra
vuelve lenta y gozadora a la noche;
hay un roce enervado con mil agujas que penetran
la piel sagrada
de mi ano. 

Y crispado, invocando a Edipo
"¡oscuridad, tú eres mi luz!"
yo desgarro 
esta fatalidad hecha de mujer y aullido placentario, 
de repliegues de hez y humo,
de escozor y demencia,
de ungüentos de holoturia y piel melífera.

¡Con mis uñas encoñadas en su carne viva
yo desgarro esta fatalidad
hecha de mujer y baba espesa,
de quebrantahuesos y relámpagos,
de dromomanía y chillidos,
de cópula y de llagas
de sangre y excrementos!.


ONTOGONÍA

Ah, estarme como estoy, entre la limalla quemante
y los goznes de este misterio clausurado.

Estarme como estoy, grupo duro del vacío,
 cero numeroso, el fagot de esta contienda
y la virulencia de mi sombra.
Estarme fijo en esta muerte móvil,
y espacioso para una explosión que me anuble:
dentadura que escalpa la divina carnada
 luz aspante, espejismos preñadores y la rotunda
velocidad de este naufragio.

¡Ah, estarme hasta el diedro
vitalísimo del amor masturbativo, hasta la hez
del basta, hasta este murallón que me transparenta!





VII


CAPILARES





CLAIRVOYEUR

Resbalando por su pegajosa red como cerbero
fuego adentro,
su niquelado cuerpo de fantasma no acuchilla, fumarola,
su amor circense mira por el ojo de buey
donde rebosantes nubecillas ya descargan
centurias de yunques y trapecios. Y si bien,
si bien su ánimo es celestialmente simple,
la columna que lo sostiene no
nace de su plexo aunque su santo y seña
vaya señalándonos, y lo que tiña
conserve la risota de negras cortinas transparentes. Pues
su hábito eterno
es el hurgar minucioso del firmamento
y el compararlo con el negamento:
7 son sus 55 números astrales. 7 su octava ausencia.
Y es que así, rebosante, abriendo, apretando,
aunque fiel a su sombra genealógica
que no nos acapara, la flecha de su carcajada
en la pompa del ego penetra, la estalla y luego
la cose al corazón de la estatua que zozobra. Lascas
suyas, gradaciones son de infinito a cruz, de cruz
a fortísimas vaharadas de piano,
del piano al soliloquio con las cabezas que hiza y
de sus sombríos interludios de duda a las altas,
festivas agonías.

Pero no irradia, el agua que lo envuelve
por él resbala hasta el sediento ojo de la tierra.
Glisando, parpadeando en los semisueños de su mano izquierda,
pulsando entre esos cielos
(negamento azul, pardo firmamento)
construye zonas de espesura con raspones de aire
y fabrica una ausencia que se adhiere,
que se adhiere por detrás de las estanterías llenas
de libros patriarcales.
Una ausencia: su quijada con yerbecillas que rasca,
su boca con amagos de ceniza parlanchina,
el omnívoro 55 rebajando sus huecesillos de plomo.
Una ausencia: las quemaduras de sus aguas,
sus golpeteos biselados en la nuca,
las podridas rotaciones del ábaco en que se suman.
Una ausencia: los ojos en su cráneo de piedra transparente,
la longura de sus silogismos que pellizcan la carne de la luna,
la pululación de sus flechas que no cosen, cosidas como están
al rabo de sus mastines ancestrales,
y su repetir que pregunta succionando el polvo de los tímpanos,
y su esponjarse con el brillo secular de adebajo del mundo.
Una ausencia, que ya es la octava, la apresable,
separándose de las tardes lluviosas con su breve
tropiezo en los clavos de la lluvia, todo él
puntual, tonsurante, y con los recordados olvidos
de la tijeraza con que nos visita.




ACORDE FINAL

Olía a tarde de lluvia...

Julio Cortázar.

Tiene un tatuaje de saxo soplado
para mitigar los estallidos de ese último crepúsculo
y es suya la nostalgia del resplandor interno
de los mil pétalos del loto espiralado.

Cuando yerra, rehace la madriguera de elfos
que buscan desgarrar su delirio;
cuando titubea, escamas lo cubren y descubren
pues su rostro no precisa
del mascarón de los déjà vu.
Y cuando olvida, enciende un ojo
no en la frente de sus cíclopes sitiados sino en aquellos
que nos llevan a su fluído laberinto.

Pues nos guía con el hilo de luz
que nace de su sacro y que enhebra entre pausas de
alcaravanes, entre zócalos hundidos.
Y aún cuando nos inventa un alma
que apenas escudriña las gemas más secretas vibra,
él, que sin embargo se forma
y se deforma, no nos agobia, no nos invade.
Y es que así no arrastra los dobles del humano
que ha inventado, ni sus huellas dejan un manchón de letanías:
entonces lo que olvida
vuelve desde más allá de su sombra
con el resplandor del loto profundo
en la copa de su propio hallazgo.
Y si se oculta es para mostrarse:
de un saxofón lleva el tatuaje que lo acompaña
en el estallido de su último,
interminable crepúsculo.




OIDORES DEL CAPILAR

Por la tuba volteada se está regando una luz, una luz
que entre labios y tablillas va serpeando
hasta el gran cocuyo de jade. Y desde allí, desde sus escombros acechantes, nace de nuevo convertida en la infantil madre
que se expande, desdeñando los fúnebres ropones
de nuestras más amadas ceremonias.
Y es que esa expansión es la juntura soñante,
el animalillo que infla su buche
con la ballena gestando a la madre hecha de luz.

La reproducción juega aquí sus ágatas: ningún acto del hombre
cambiará esa tuba que multiplica las miradas.
Y si nuestros ojos, ciegos esclavos, no acatan su invisible
criatura, un susurro del daimon será suficiente.
Pues volcará cataratas de arroz
como telón de fondo para la ballena que emerge.
Y es que nace porque emerge
y su nacer escoge la hora de la Balanza.
Y emerge porque nace: se impone en un pequeño
laberinto que a todos nos contiene. Y ello aunque nuestros ojos,
velados y lentos, con lentitud de equinoccios vicarios, no
registren los dos segundos que transcurren
entre el nacimiento de la criatura y el
acarreo circular de su luz.
Y tampoco acusan
la pululación de cocuyos,
ni los sones del jardín donde la tuba
irriga de luz la plenitud del momento:
allí una piedra de tamaño regular
(quizá tres mil veces la cabeza del daimon)
se introduce en los capilares de un ciclamen
mientras saltan en la balanza los oidores de antaño.
Los trémolos de las tres mil cabezas dentro del ciclamen
acarician los oídos;
los acarician el momento de subir el telón de fondo
para la aguja de néctar.

Pero un salto de los oidores desequilibra la balanza:
uno declara haber visto una frotación de Yin a Yin.
Otro de Yang a Yang; otro de Yin a Yang;
otro de Yang a Yin.
Y ese frotamiento, dicen, produjo la expansión
de la infanta que da a luz
y ese bis(biseo) luminoso se desliza
por la tuba el momento de su estallido.

Pero las tres mil cabezas cabecean:
su solemnidad de piedra
les impide captar ese instante en que
la tuba inunda de luz a la criatura
que se agita en la madre que se expande
cuando la ballena emerge
por la boquita del cocuyo.




NUDO GORDIANO

"...la petra genitrix, personificazione inanimata di una vita latente che pervade lo stesso regno minerale e che pertanto- se pure sprizza da sé l´acqua della vita- risulta potenzialmente recettivo del male"

Bussagli

Al cortar el nudo salen expulsados
y mordisqueando sus penachos se enraízan
en las lenguas de una antorcha,
alargadas sus orejas para escuchar el reclamo
del arpa que un mensajero introduce 
en un buzón condenado. Buzón de boca cerrada, sí,
pero con escamas todavía vivas, todavía ansiosas
de olvidados pergaminos.

Olvidados pues lo que abofetean,
la carita furiosa de inocencia tras horas
dedicadas a enturbiar las nubes
con el órgano del muchacho que en la fiesta
precisa de un plumón
y de una coincidencia
entre su candor y la emplumada que lo pierda,
ahíta de sus sombras.

Pues un muchacho igualado a lo que pierde
se comporta así,
en el roce con sus fragmentos lunares
una coneja lo sutiliza
y es el gran amén de una lluvia con agujeros y olvidos
dondeß mil acordes añejos
repiten esos pitidos del tren que sale de un túnel
para descargar sus angelotes de estuco.

Es un vaivén inmóvil, claro está,
pues el agua se trenza con la culebrilla
que gusta de barajar las cartas
para confundirnos de hora
y hacernos sospechar
que un murciélago vive al fondo de su negra mirada.
Y ello porque arranca por esa mirada
pero lo que nos ha preparado
ya no nos tienta.
Más bien, con un tamborileo
de sobremesa, nos recostamos
a esperar los más bellos males y sus piedras preciosas.
Y no, 
y no con esa prisa de pisados disciplinantes, ni con
su cajón de ojos negros, sino con la cuchilla
que abre las comisuras de nuestra hermana,
la queridísima glotona.

Un muchacho igualado a lo que pierde
se comporta así,
aplasta despacio a un mosco hasta volverlo
la iridiscente laminilla voladora
que penetra entre las ninfas
de nuestra hermana, la regalona,
que entonces empieza a vibrar,
primero sonreída,
luego riendo para dentro, y por fin
perniabierta,
desovando a carcajadas sus mil piedras preciosas.

¡Y la
gran petra genitrix!

Un enorme rubí caldeado,
una generosa pepa sangrienta
que entonces engastamos en la corona
de una yegua que relincha
por su macho al fondo de la calle.

¡Ah, y con tanto y tamaño brío
que a mí me toca su corazón entero
en una bandeja de plata
y al mensajero el resto de la vajilla
con el diseño de boro-boros cazando tapires
en los endiablados cuernos lunares!




VIII


LIBERTINAJES





LA CASA DE LIBERTINAJE

Se fueron...a una familiar y muy especial casa de libertinaje...
C. Kavafis

Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas, y los hermanos gemelos, el concepto del Doble...
J.L.Borges

Seis largos siglos han penetrado ya este licor de abejorros.
A. Gangotena

En la casa de libertinaje un brujo
enciende mis manos
y una Reina de lentejuelas doradas. En la casa
de libertinaje ellos me piden
monedas carnosas para este licor de abejorros,
pero yo he olvidado si dejé mi cara en algún espejo
pues ahora me crecen estambres,
escamas, espinas ansiosas.

En la casa de libertinaje la Reina y el brujo
pliegan mis labios a su infierno mullido
y son ellos los que frotan mis muslos
mientras intercambian sexos y manos.
Pero si la Reina está batiendo un sirope raro en mi espita,
y tempestuosa como mi sombra
va hasta el glande final,
el brujo brincará sobre el lecho,
abriendo la boca para la vaharada que saldrá de su averno:
si esa vaharada me toca
empapará la piedra de mi doble.

¡ Y que no sea yo el original sino la copia,
el doble de alguien a quien brujo y Reina atormentan
con un nil mirari nil mirari nil mirari !

Pues enardecidos, frotan lumbre roja en mis muslos
mientras un escarabajo sale para amontonar
sonidos: escarceos con
pelucas nubosas, bailes que sueltan escoplos
y copas de furiosas cucúrbitas para
la Reina y el brujo que ya se están desgonzando.
Desgonzando pues el portallaves, de hinojos ante la puerta,
nos ha encerrado en esta luz sin olas,
 luz que imprime en los ojos
el sello tan temido del ciego,
cuando de súbito la Reina ha abierto su baldaquín
y  ha exudado mi sangre, toda.

Mi doble o yo, no lo sé, puesto que nos hemos retrasado
al rebote de la pelota dentada,
la que nos muerde las manos y la lengua.
Y es el momento en que caemos sobre el lecho donde la Reina extiende
en toda su longura al Negro Macrote
mientras el brujo procura inventar
algún jeroglífico
para el perro que husmea por debajo del lecho.

Y ustedes, si me permiten,
¿de qué se valen para salvar su tálamo?

Quizás un ángel gárrulo les aconseje
mantener a raya a la pelota dentada
y a la Reina que es obesa  
mientras intentan un siseo con el poquito
de fuego que les queda de sus restas infernales.
Pues la colcha que estiramos como un recurso
contra el horror vacui, se pudre cuando ningún sueño
nos sana. Un aire empozado dibuja
entonces espirales de hedor y nervios:
por ahí trepan las larvas que al fin nos llevan. Entonces son
el jayán y la joyosa ya desposados,
no el brujo y la Reina en la danza del mundum,
los que nos asaltan con esta bulla y
con el correr atrás para llegar los primeros
al tumulto de nuestras cabezas.
Por eso la Reina inflama sus axilas
y un camello sus gibas
mientras la platea se llena con tuberías 
para una obra que nadie no ha escrito pero que
ya arrasa con todos los récords.
Obra concebida por la Reina obesa
en el instante en que los soprani castrata de la casa
logran agarrar sus testes y depositarlos en la bandeja
para un sacrificio al Dios Anubis.

Y ustedes, hombres lúcidos,
¿de qué se valen para sacrificar sus deseos?

Yo iba a memorizar mis mentiras
cuando oí que el brujo soltaba lastre (y me di cuenta
de que era una estatua con pelos y dolores y mareos).
A juzgar por los chillidos y jadeos ya debíamos exigir
el acto a la pareja Reina-Macrote.
Pero si yo había vuelto de otra existencia
para ser el doble de alguien
que estaba acá, celándole a la Reina,
entonces debía arrojar sal al fuego
aunque viese las aguas retumbando
en la garganta del camello.
De modo que es aqui, en esta dulce bestia, me dije,
donde drenan todos los océanos.

Pero ustedes, hombres claros,
¿de qué se valen para revivir su paso por la sombra?

Abismado, me evadí en el aire;
un espíritu salía de la pelota y entraba en otro cliente
que miraba al ciego con ojos que no eran los suyos.
Otro enloquecía con los bolsillos vaciados hasta que
susurré en sus oídos el secreto de la casa de libertinaje.
Entonces vi levantarse a la Reina y dejar
abierto en el lecho un profundísimo hueco
del que brotaron cinco manos inauditas.
Ah, qué pensar
 cuando cinco manos surgen de ninguna parte,
y nos quedamos contemplándolas
y tratamos desesperados
de adherirlas a unos brazos,
 incapaces de soportar
que las manos sigan ahí, surgidas de ninguna parte;
y luego, ya empapados de su existir,
todavía buscándoles una
razón a su insolente presencia,
como si con ello les pusiéramos
pulseras finales.
Ah, qué completos nos sentiríamos entonces.
Qué faltos y qué repletos de manos solitarias.
Pues he allí la cosa exangüe del que cose documentos:
nuestra Reina le pide remolinos
debajo de su lecho. Remolinos de leche fosforada
en que naden moluscos construyendo la T
de teogonías ardorosas para conmemorar a su prole:
los infantes que juegan con la pelota
que ya no nos muerde.

Pero ustedes, hombres cabales,
¿de qué se valen para ceñir sus vacíos?

Al cambiarme de cara regué
la pócima en el espejo de mi doble:
bien pronto oiré sus risas
desdeñando mi anillo de sal gema.
Mi doble, una garduña, el icosaedro, la Reina y
el Macrote: son axiomas.
¡Axiomas! Cuelgan de un árbol salivero
y reposan como félidos
enroscándose en el triángulo de otro axioma.
Nacer, volver a nacer,
crecer, centrar un laberinto como coto de caza,
 y caer del cocotero en forma de
hongo masticado por la Reina y en eso,
suprimir el árbol del que cuelgan los axiomas,
suprimirlo para dejar pelada, monda y lironda,
la casa de libertinaje, sin clavos, ni trosales, ni sifones
ni lechos azolvados
como bellos tumores de la mente.
Y ver entonces lo que nos espera en la casa de libertinaje.
Ah, quien ve a su doble ve a la muerte.

Y ustedes, hombre vivos,
¿de qué se valen para recoger sus pedacitos de tiempo muerto?

Pedacitos que son de nuestra propia carne
dispersándose por aquí y por allá: hoy
me tironeaban una envoltura de gladiolos,
el ahogo de unos monjes, la ebriedad de mi doble: pedacitos
que soplaban y me mataban invisibles.
Pero así mis convidados me mostrarán
al fin mi espejo postrero: veré impulsos luminosos, 
líquidos lánguidos, mi alma ahogada de placer
en la casa de libertinaje: un estupor y una ambrosía que me volverán
fanático
¡fanático!.
Y entonces mi camello se beberá todos los océanos
mientras la Reina y el brujo me pongan al fin
en su cielo ardiente.

Y ustedes, hombres nuevos,
¿de qué se valdrán para colgar su perro?




LA DANZA DEL SAÚCO

Al filo me extiendo, acaricio un espino,
me tajo de un espejo
y deposito piezas nuevas en la fragua de otro sueño.
La lluvia no me basta, si en mi lecho llueve
pido confesar enormidades
que rueden como luna manchada en mis pecados.
Pero tentado como estoy por el áspid inmortal,
ya no me bastan las almas hastiadas
con el tedio de su ser,
ni la araña que deshila formas hasta
convertirlas en sombras
que pasan y que repasan
chorreando su malasangre, toda.
Para no caer en lo mismo
iré a raspar sus raíces y sus nidos.
Si los raspo con mis jóvenes manías
habré puesto al fin a secarse 
un mismo sudario eterno.

Además, el espejo que he tajado es el espejo ptolemáico
y si ahora apuntalo su obertura
es con la luz de una hipérbole nocturna.

Pues si la parca en vano me ciñe,
áspid se vuelve mi aprehensión metafísica
y cuando escucho hay un siseo de savias
en mis sueños más profundos
mientras saboreo las cruces
que trazan en mi tronco bacanales clandestinas
y caldos zodiacales con
un asterisco que bate los designios de Saturno.*

Yo me digo entonces, He aquí la maceración de
cópulas en la médula secreta de mi alma.
Y enarcándome paladeo besos ardientes
y veo una fuga de cometas;
si todavía tengo el corazón henchido
es porque mil termitas han perforado mi corteza
para encender mi alma incombustible.

Ah los ojos abiertos
en los eternos platillos de una balanza
y la ciega que quiere restañarlos.

Pero una luz de resinas
hace danzar mi sombra en el vacío
y después chorrean gotitas de antiguas certidumbres.


El aguijón que graba en mi tronco la firma del Luminoso,
es el aguijón sin fin de un nido de aluminio.
Pero yo busco al Oscuro
para rasparle espantosamente la sombra
y retrasar a los muertos que le piden quemar las lianas
que no anuda al cuello de sus pecadores.
Como un deber precioso yo aguzo mi olfato,
ladeo marismas y cabeceo.

Ah, plúmbeo ensoñar de
frutos que rehúso, imposible nido de aluminio,
ah el follaje de mi testa.
Pues la trampa no es
del áspid que atiza a los que engullen ostras y deseos
en un claro de luna sino
de las doce bocas que se atragantan con la espina que cae
de punta en el bleris de Dios,
mi pequeño Dios de Palos
con albaricoques de lujo.

Hasta que hizo hablar las campanas
estuvo solo; luego, buen tañedor,
vino a campo traviesa.

El palor de la luna que salía a pinceladas gruesas 
dibujó un halcón entre mis hojas.
En ellas yo quise ocultar mis sellos y simientes
pero una cabalgata de nubes se precipitó
en la testa de mis pájaros veloces.
Una máquina de líquidos
brillantes me untó entonces la melodía necesaria
para acechar a la ciega que escapaba
con sus dos cachorros videntes.

Apenas podía yo creer que estaba rasgando
mil muertes en mi prisa por vivir
un siglo en una década, una década en un año,
un año en una noche, una noche en una
nube y una nube a la sombra
de la luna. Pero en la sombra el halcón
batió sus morteros disecándome la voz. Ah
mis nervaduras revistiendo la polka
para emplumar las semillas. Ah los nidos
haciéndome un robusto paréntesis a la muerte.

Y por ello aventé sonidos en el polvo de los siglos,
y coseché un silencio interminable.

¡Y por ello dejádme ahora
yantar con mi sombra tutelar!.



EL JARDÍN DE LAS DELICIAS
IPSE DIXIT ET FACTA SUNT, IPSE MANDAVIT ET CREATA SUNT

La pareja de la oscura encarnación 33 años
vivió en tí,
Hierónimus, y en nosotros,
Hierónimus,
ahincada como en Dios la tortura de Sus criaturas.
Pero un desgarrón en las tinieblas
nos ha devuelto a la tentadora:
nuestra es la manzana del árbol
con su doble de piedra
y sus manos hechizadas. Y
nuestras las sombras de la pareja solitaria:
a la derecha la no desposada deseosa,
todavía sin ombligo,
bellísima pecadora
cuya lujuria aún nos abriga.
Y  él,
sentado a Su izquierda,
soberbio espejo inocente,
nombrador de Su jardín perdido: 
no los vemos ya,
Hierónimus,
 aunque El nos está mirando,
sereno y barbirrubio,
 bendiciendo el borbotear de Sus criaturas en aquel jardín
cuyas delicias ya sólo vemos
a través de tus ojos,
Hierónimus,
de tus invisibles ojos muertos,
Hierónimus.



II

Pero no nos reconoceremos nunca más en ellos, Hierónimus.

Seguiremos, sí, tu desfile
entre saltimbanquis y estrelleros a
lomo de onagros.
Y oiremos el estallido
de grifos con cabeza de comodoros
mientras una cadena de mil pájaros llegará trayendo
la quemante pirámide de besos:
dichosa,
sacramentalmente
estaremos desnudos todos en ese festín a la deriva.
Sobre chernas llegarán las fastuosas negras abisinias
chillando con un pentáculo entre muslos
mientras los rollizos abejorros chuparán grosellas
en cuyo interior una pareja estará lastimándose,
lastimándose entre frotaduras de anís
para engendrar enormes uvas frías en cuya
pulpa sonriente mil conejos fumadores
largarán noticias envalvadas, apreturas
de bocas salientes contra pezones irradiantes,
y cuatro ríos en forma de
cangrejos adheridos el uno al otro sostendrán un diálogo
con el domador del unicornio;
dentro de su círculo de luz
el domador estará temblando,
temblando y masticando hojas de bao-bab con alma de
demiurgo embriagado: una nítida visión de
lunas atigradas
sublimará ese azogue de los posesos. Y en el interior
de ostras sudorosas estaremos escrutándonos
bocas y pecados mientras
el demiurgo huirá hacia sus hijos,
aquellos coraceros con cuerpo de sirena.

En medio de tus bacantes y caribúes,
en el desenfreno de ibis y salamandras
un sol saldrá al fin del huevo alquímico para abrigarnos
como andróginos cenitales, Hierónimus,
como devoradores del hígado donde almacenas
la eternidad y tus jeroglifos, Hierónimus.
la eternidad y tus jeroglifos, Hierónimus.
Y así, anegándonos, nos desconoceremos todos
mientras un guardián (flamante y yerto)
vigile nuestras metamorfosis:
invisibles seremos todos
pues el mismo soplo que abre nuestros sueños
humedecerá los hímenes flameándolos
con plumas de calandrias
Y mil escamas bruñirán las playas
ya palpadas por el tasador celeste.
Y con su nimbo de malaquita
bautizará a los recién nacidos
mientras en su gruta, un adolescente cocerá
el brevaje para la hembra-esfinge que parirá a
los hombres-gozne.
Cartularios y colibríes
traerán las llaves de abajo y lo que esté plegado,
daimon y espejo, nos abrirá su abismo.

Un brinco o dos, de espaldas, abreboca de moluscos, el
tañedor, resbalando a su yema en el orgasmo, propondrá
abrir a los hombres-gozne,
abrirlos y preñarlos según la densidad de sus sexos,
abrirlos y preñarlos con semillas de sauce vidente.
Un brinco o dos, de lado, cuerno de rino rosa,
penetración en la estrella magna,
raja de yerbecilla harinosa.
Un brinco o dos,
las llaves del poseer serán poseídas,
monarcas y espantapájaros,
claridades sin apoyo
escarbadores y alfiles
chisporroteos del toronjero que
sale del ano flagelado por el arcángel incestuoso,
parasoles sin quitalunas sobre el altar
de la niña de ebonita
con mariposas en el sacramento de su sexo 

¡Ea!, Viejo Dios Melífluo:
¡también tú estarás gozando
entre hombres-gozne
que seguirán pariendo,
papiroteando y pariendo con tu pincel deíparo, Hierónimus,
con tu pincel y tu niña y tu luz y tus reliquias
y colores de vaporosa encarnación,
Hierónimus!
Pues sólo así, Hierónimus, romperemos
el túnel de cristal.
Pues sólo así se emancipará el ardor
de la papiza que estará frotándose en los muslos
de la jirafa alucinada.
Un frote y un rocío: qué lenta succión de pólipos abrirá
al fin su pequeña flor anal.
Y más atrás el río y sobre el río el búho columpiándose
y sobre el columpio los aromas
y sobre los aromas la flor
del falo de piedra.


III

Pero es
en la tercera muerte
de su coito cuando los Dioses menores,
los extintos Dioses menores,
vomitan fuego y dan a luz infantes negros,
y lanzan graznidos,
Hierónimus,
chillidos helados,
chorros de miel funeral,
mantis hambrientas,
ídolos feroces.
Y es cuando los guerreros
hizan su empalizada y construyen
infiernos musicales donde nos encerraremos todos,
Hierónimus, traspasados
por el laúd, desgarrados por el metrónomo, acuchillados
en la oreja de Dionisio.
Y así el encapuchado del fagot inciará un compás funéreoß,
y un glisando y otro, y en la fiesta de los vencedores sin rostro nuestras almas serán quemadas
como rijosa entonación a la muerte.
Y tu cosecha, Hierónimus,
tu cosecha será trepada al ovoide por un hombre-gozne,
tu cosecha con cabezotes de insecto
y mandíbulas de hierro.
Y entonando, responderán
los soprani castrata para recibir
el semen de la mujer
impenetrada.
Y ella misma, penetradora, nos arrastrará
al cascarón mántico,
al ebullón de azogue,
al borbotón de huesos hirvientes, Hierónimus.

Pues tu cosecha,
ya estará
reventando entre los bulbos y defecando monedas
por el hueco del urosaurio
y donceles inmundos
estarán besando larvas en el boquerón de la poza nocturna.

Y de adebajo, del hedor de la nada
vendrá un retumbe,
Hierónimus,
un martilleo de atambores y bajos y yunques
que nos enloquecerá para siempre: tu cosecha, Hierónimus,
sangrada con los fórceps de
la hormiga placentaria,
estará quemándose, estará quemándose
en el gruñisco de los hombres-gozne,
quemándose en los carbunclos del búho,
quemándose en las orejas perforadas,
quemándose en los mucílagos negros,
y estaremos aullando, aullando
y espejeándonos,
Hierónimus,
estaremos aullando y triturándonos,
Hierónimus,
aullando y devorándonos,
Hierónimus.




 
CONTENIDO

I ENSALMOS
ENSALMOS
UNA RESPUESTA DEL I KING
EL AVATAR
ANCESTRO
LA CORONA CELESTE
ACÚSTICA
DOBLE ASTRAL

II PROHIBICIONES
LA PROHIBICIÓN
CONO DE LUZ
PARA OTRO SUEÑO DEL ADUANERO

III BESTIARIOS
TROPPO
OJO DE POZO
NOVILUNA

IV CAUTIVERIOS
PLEGARIA POR JOB
NEGACIÓN ARISTOTÉLICA
CAÍNICO
HERRUMBRE
REAPARICIONES NO SACRAS
EL INCONSOLABLE

V LABERINTOS
ESE IMPERIO DEL GHETTO
DÉDALOS
HILO CATÁRTICO

VI ONTOGONÍAS
POETA
THOR
PRIMEVAL DARKNESS
RÉQUIEM PARA EDIPO
ONTOGONÍA

VII CAPILARES
CLAIRVOYEUR
ACORDE FINAL
OIDORES DEL CAPILAR
NUDO GORDIANO
EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

VIII LIBERTINAJES
LA CASA DE LIBERTINAJE
LA DANZA DEL SAÚCO
EL JARDÍN DE LAS DELICIAS


* Característica de Saturno es que enfría la sangre del flemático, calienta la del animoso, seca la del colérico y humedece la del melancólico.




ONTOGONÌAS: Primera edición: Imprenta Mariscal, Quito, 1990.



No hay comentarios:

Publicar un comentario