INTERREGNUM
Alexis
Naranjo
A mis padres
UMBRAL
No ser nada: ¡qué íntima victoria! Pues así puede uno serlo
todo, ánima, pez, nigromante o montaña.
Este
libro es, así lo espero, un recuento del camino que me ha llevado a cierto
desasimiento de mí mismo, y en la medida en que ello ha ocurrido, a una progresiva
compenetración con lo Otro. Lo Otro, los otros: seres, objetos, avatares que
van dejando las huellas de su extraño paso por mi vida.
¿Pero
quién vive mi vida? Si he de atenerme a lo real, la respuesta sólo puede ser:
el Vacío y su conciencia primordial. Sin embargo, acaso haga falta atender
también al mundo relativo y condicionado para proporcionar otra clase de
respuesta: quien vive mi vida no ha poseído nunca (excepto hasta hace poco) las
virtudes de la inmovilidad y la fijeza. Así, he fatigado países y pasiones, he
conocido enfermedades del espíritu y medicinas sagradas, he sido inconstante y
fiel en parejas proporciones, he perdido rumbo en el dédalo de doctrinas y
acciones, lo he recuperado con el Dharma y, en fin, no he dejado de escribir o
pintar a largo de muchos años.
Ahora
me siento afortunado: no busco ya llegar a nada en especial, ni impongo una
meta a mis días. En realidad tampoco impongo ya ningún fin a mis palabras,
dibujos o pinturas: los dejo ser lo que son. Quizá por ello, las pequeñas pero
nobles verdades de esta existencia se entregan por sí solas a este silencio que
calmada, que ardorosamente las acoge.
VIENTOS
CONTRARIOS
EL ÍMPETU
Levanto mi pie
izquierdo, lo sostengo en el aire mientras tomo impulso con la otra pierna y
entonces ¡arriba!, doy el primer paso, a quince centímetros de altura
sobreviene un equilibrio precario, tengo la sensación de estar posado sobre
capas muy quebradizas pero me atengo al siguiente paso y ¡arriba!, con el nuevo
impulso me alzo a treinta centímetros sobre la tierra, aquí el aire es mullido
y esponjoso, así que avanzo con cautela, un paso y otro y otro, aunque más
adelante siento que la atmósfera se adensa, tornándose friable, lo cual
aprovecho para soltar lastre, quiero decir aligerarme internamente, aunque
quince metros más arriba compruebo que el aire se vuelve como una sustancia
costrosa, y entonces debo sutilizar aun más mi cuerpo, bien que, a partir de
los cincuenta metros, el aire se va solidificando hasta volverse duro como el
cuarzo, y ya muy arriba su cohesión es la del acero, de modo que para seguir he
debido tomar esta consistencia de sombra, de evanescente sombra que sube sin
tregua, que sube sin fin.
DESASIMIENTO
Estiro la piel de
mi mano, la estiro como un guante hasta que cede, se desliza y cae. En el
suelo, la piel se agita, quiere asirse a algo, una piedra, unas raíces. Yo la
dejo hacer pues me basta con haber ampliado mi espacio interior. Pero otro
tanto ocurre con la piel de mis pies, piernas, plexo, y espaldas: estirada,
esta piel cae formando un gran charco escarlata, mientras se agranda aún mi
espacio interior.
Ah,
pero la piel de mi pecho: la arranco de un golpe y súbitamente sopla un
ventarrón que me lleva, me remonta al aire más alto. Y ya arriba, ahíto, tiro
brutalmente de la piel de mi frente: adentro todo se hiende, se repliega, y
replegándose me libera al fin hacia este infinito vacío refulgente.
DISPAR
Pero qué poderosa
tentación la de escribir sobre mí mismo, este vaivén de gozos y miserias,
obsesiones y delirios que de mí hacen lo que soy. Ah, qué poderosa, qué
siniestra tentación: me doy cuenta de la tiranía de este ego, de la casi
irreparable alucinación que padezco cuando creo en este yo ávido de atarme a
sus locas tentaciones.
Pero
quizá por ello, apenas siento en su más tenue manifestación la gana de
describirme, hago a consciencia lo opuesto aunque sufra y me niegue, aunque
dentro de mí algo resista y proteste y golpée.
Pues
a pesar de todo, poco a poco, vence el otro, lo otro.
Y
entonces va naciendo, ligero, hecho de neblina, aquel que sin duda escribió
ésto, silenciosa, evanescentemente.
OTREDAD
De la misma manera
que al subir las escaleras tiende a aumentar mi tamaño y tras cincuenta
escalones he crecido un par de milímetros, así también al descender me voy
achicando, de modo que en conjunto mi altura permanece estable, a condición de
no arriesgarme a trepar una colina, para no mencionar un monte o peor un
nevado. En tales ocasiones, lo sé por experiencia, aquellos dos imperceptibles
milímetros, se vuelven centímetros (todo depende de la pendiente, de la
distancia recorrida) hasta que mi situación se vuelve escandalosa, y quienes me
acompañan dudan de lo que ven, se asombran, desaparecen despavoridos. Pero
igual cosa me sucede al descender: a veces, ahogado por las montañas que me
rodean, necesitado de calor y aire, decido bajar a la costa, pese a los riesgos
que ello entraña. Busco ir a los sitios menos poblados, y de ser posible, a
playas solitarias. De lo contrario, mi enanez, mis peligrosísimos cincuenta
centímetros apenas sobrevivirían sin despertar reacciones que me pondrían al
borde de la muerte. Pero entiendo, entiendo que a nadie le sea soportable la
presencia de un homúnculo, un escarnio de la raza.
Por
ello prefiero mantenerme en mi ciudad. Cierto, aquí me ocurre algo un tanto
distinto. Para decirlo de una vez, mi peso aumenta a medida que avanzo y a la
inversa, me vuelvo más ligero cuando retrocedo. Es fastidioso, es agobiante. A
veces, obligado por mi trabajo, realizo diligencias que me llevan a caminar durante
horas; al cabo mis pies pesan lo que el plomo y no logro sostener la cabeza
sobre los hombros. Una fatiga de otro mundo me aplasta. Verdad es que logro
compensar esto caminando para atrás: me encierro en casa y por horas doy
vueltas y vueltas hasta recuperar mi peso normal. Incluso, cuando sé que al día
siguiente me espera uno de esos itinerarios grávidos de desplazamientos, me
preparo caminando así hasta que mis pies apenas tocan el piso con la liviandad
de una pluma. Sin embargo, apenas exagero empiezo a flotar y entonces me toca
recurrir a lastres disimulados bajo la ropa y cosas así.
Pero
de todos los cambios que me ocurren hay uno que puedo compensar con rapidez. He
visto que en mi vida el número de veces que giro hacia un lado es igual al que
giro para el otro. Sin embargo, cuando me exedo en girar hacia un sólo lado,
las cosas toman un lúgubre cariz: es que al girar a la derecha mi cuerpo se
adelgaza y ocurre lo inverso al girar a la izquierda. La ropa que utilizo
(tengo trajes elásticos en previsión de estos males) cede aunque a veces se
rasga o bien, malajustándose a mi delgadez, termina por hacer pliegues,
dobladillos, enfurtidos ridículos u obscenos. Es entonces cuando debo girar en
sentido contrario, si bien ello no tarda en despertar comentarios irónicos o
pérfidos, incluso coléricos, por parte de mis colegas.
Pero
lo verdaderamente duro de soportar me ocurre al ensimismarme. Cada vez que,
llevado por la necesidad de examinar estos sucesos, indagar sus causas, atenuar
su amenaza, yo me aquieto en un sillón de la casa y cierro los ojos e ingreso
en mí, me invade una extraña sensación de multiplicarme en tantos otros seres
cuanto más hondo he penetrado. Es patético: oigo un griterío de muchedumbres,
un pandemonio de individuos sin fin, hasta la náusea. Adentro, proliferando en
mí. ¡Y cada uno de ellos absolutamente distinto y ajeno a mí, impenetrable,
cerrado en su propio ser!
Por
ello, y para resarcirme, paso días enteros eximismándome. Entonces ocurre esto:
mientras voy eximismándome la gente que me rodea, colegas y amigos, adquieren
rasgos progresivamente más suaves, menos delineados; a la larga sus diferencias
van borrándose y una suerte de aliviadora semejanza viene a cubrir a todos.
Hasta allí todo va bien, me recupero de mis angustias y trabajo sin
sobresaltos. Infelizmente este eximismarme no se detiene, es más fuerte que yo
y poco a poco me arrastra en su curso. Días más tarde, me doy cuenta, o mejor,
tengo la vívida certeza de que el hombre que acaba de tenderme su mano no es
más que el mismísimo hombre que soy yo, pero que es él quien mejor lo percibe,
quien mejor lo sabe: no de otra manera es explicable que yo me vea a través de
sus alucinados ojos, que yo me sienta a través del nervioso apretón de sus
manos, que yo me responda con sus palabras.
Entonces, monstruosamente, sé que soy él, que
soy los otros, los demás, aquellos que me miran con terrible intensidad, con
prodigiosa cercanía.
LA EFERVESCENCIA
Me doy cuenta, cada
vez es más claro pero al comienzo fue imperceptible, no había sino una plétora
que tras vaciarse volvía a llenarse y al día siguiente recomenzaba y yo hablaba
y hablaba, monologaba si no había con quién hablar y las palabras salían como el
aire de un fuelle y yo sentía ese vaivén etéreo, habitaba un éter sin límites
hasta que ocurrió aquello, súbitamente sentí que las palabras encarnaban, unas
olían, otras fosforescían, las de más allá eran ciénagas o pastizales, había
las que quemaban la boca, las que herían, las que restañaban y me dejaban
seguir con mi pasión, aunque insidiosa, diabólicamente tropezaba a ratos con
magmas, estados inhóspitos que revolvían mi estómago y lo peor era forzarme a
sacar de mí esas palabras pues pasaban lastimándome los pulmones y la boca y yo
debía callar durante días o semanas, enclaustrándome, ensimismándome. Con
magros resultados pues eso seguía trabajando en lo oscuro y bastaba echar una
mirada a un diario o escuchar una conversación casual para que recomenzara y yo
sintiera descomponerme y envenenarme.
Pero
en fin, por ello mismo busqué compensar mi sufrimiento dedicándome a una vida
solitaria y despojada: me daba cuenta de que sólo apaciguando esos estados
(ignoraba cómo suprimirlos) podría salvar lo que ya no era sino una ruina
humana. Y no diré más de mis peripecias, sólo añado que cesaron en algún
momento: nítidos, cortados a navaja entre la masa de palabras, aparecieron los
primeros silencios, frágiles aunque ya brillantes, boyas de salvación, burbujas
de otro mundo. Por unos instantes al comienzo, por minutos luego y por largos
períodos al fin, yo ingresaba en esos silencios (o ellos se apoderaban de mí)
hasta que todo llegaba a un vacío prodigioso. Pero aquel vacío era de nuevo una
plétora, una superabundancia, aunque de otra especie, sin palabras ni
pensamientos que vinieran a opacar su brillante espacio. Y allí, en ese vacío,
el silencio, el vasto silencio era en verdad el mundo.
Y
por eso ahora, cuando llevo incesantemente en mí ese silencio, aún me quedan
¡aún me quedan! tantas palabras: pero ya no es eso sino lo otro, y a
ello os devuelvo, fervorosa, humildemente.
ÁNIMA
ANIMUS
ANIMALIA
EL
EGGOT
Rueda como una bola
empapada de resinas y mientras rueda produce ruidos parecidos al de un
aserradero: el eggot es parte esencial de las festividades de Nueva Brest.
Durante
la celebración del Mar de las Madres (a mediados de agosto) los eggots son
lanzados desde los más altos promontorios de la isla; al estrellarse contra las
rocas de la playa explosionan con mayor o menor estrépito según su edad y
estado físico. Un eggot joven puede producir un cráter de hasta cinco metros de
diámetro. Pero cuando la arena y el polvo se han disipado, el cráter aparece
completamente cubierto por una membrana oscurísima que se tuerce y retuerce
como si adebajo un animal se removiera entre jadeos y silbidos. Por cierto,
esta actividad no cesa sino días después, cuando la membrana se desinfla y
deseca al punto de fundirse con el fondo del cráter.
Pero
nadie sabe exactamente qué ha ocurrido debajo de esa membrana.
Sea
por temor, o porque al toparla uno experimenta un desvanecimiento, seguido por
un acceso de violenta energía, seguido a su vez por una larga y obscena
convulsión de éxtasis, lo cierto es que un tabú pesa sobre los restos del
eggot: quien los topa (pues la tentación de hacerlo es a veces más poderosa que
el tabú) es irrevocablemente separado de los demás habitantes de la isla, y ha
de permanecer aislado y vigilado hasta el año siguiente cuando, gordo como un
huevo prehistórico, rodará del promontorio hasta las rocas de la playa,
produciendo un zumbido de aserradero mientras deja en el aire aquel insidioso
olor a resinas.
LOS URGABUKERIS
Físicamente, los
machos son más pequeños que las hembras, más débiles y sus formas más suaves y
agraciadas.
Biológicamente,
los machos son fecundados por las hembras y gestan su progenie durante treinta
y tres días, cortos y uterinos. Para decirlo todo de una vez, los machos son
Yin, las hembras Yang.
Así
las cosas, uno se pregunta porqué no llamar simplemente hembras a los machos y
viceversa, a fin de evitar un inútil rompimiento de las convenciones del
lenguaje. Por toda respuesta, las hembras de los urgabukeris ponen en juego su
alucinante voluntad: de ninguna manera permitirán ellas que los machos se
apropien de una antiquísima conquista. Pues son ellas, y nada más que ellas,
quienes han de recibir toda la gracia y pleitesía de los nombres: Azucena,
Lilith, Mael, o Zoé. Además, ¿ quién
osaría llamarlas de otra forma?
DEBLOTS
Sus relaciones de
atracción y repulsión siguen en todo las leyes de la piedra imán. Precusores de
las brújulas, se cree que sirvieron como tales durante siglos; por lo demás,
una pareja de deblots cabe holgadamente en la palma de la mano y sus
necesidades orgánicas son mínimas.
Sin
embargo, cuando el polo positivo del macho se une al polo negativo de la
hembra, separarlos es una tarea pérfida y además, imposible.
GOPLES
Pueden desarmarse a
sí mismos, hasta en sus componentes más pequeños, y asimismo rearmarse, a
condición de mantener juntos al menos pulgar e índice para que operen a modo de
pinzas. Les gusta sobremanera desarmarse la cabeza y dejarla expuesta a la
intemperie en un parque o en un callejón. A veces sus brazos cuelgan de los
cables eléctricos y no es raro toparse con sus vísceras latiendo al fondo de
algún recipiente doméstico. A veces, al abrir un grifo, en lugar de agua
chorrea un líquido de color indefinible, que parece poseer vida propia: se
trata de la sangre de un gople paseándose por las cañerías de tu casa.
Cuando
se escucha chirriar una puerta, un inexplicable crujir de goznes o ruidos que
parecen surgir de ninguna parte, ya puede uno sospechar de los pulmones y el
aparato vocal de los goples: ahí están
entonando su mensaje indescifrable.
Cuanto
mayor es el placer que los goples experimentan en desarmarse, tanto peor es su
sufrimiento para rearmarse. Se habla de goples que mes a mes, año tras año, han
ido desarmándose, subdividiéndose, fragmentándose, empequeñeciéndose, y
finalmente, atomizándose. Se aventura la idea de que, en el fondo, todos
nosotros estamos formados por partículas infinitesimales de billones de goples,
y que nuestra cohesión interna es apenas un sueño, un espejismo que se disipará
apenas hayamos muerto.
Pero
quedan, a pesar de todo, esos pulgares e índices que esperan, con una paciencia
que rebasa nuestro entendimiento, el día en que deban ponerse a rejuntar sus
diminutas y tan dispersas partículas.
LOS TROCS
Su existencia es,
por así decirlo, intermitente. Existen en tanto alguien los piensa o los
imagina; cuando cesan estos procesos mentales, los trocs dejan de existir, o
pasan a un estado de existencia crepuscular, casi espectral. Son habitantes de
la mente y su único alimento es el fluído de energía mental, o espiritual.
Según la persona en la que habitan, pueden pasar enteramente desapercibidos
durante años (incluso durante toda la vida del sujeto) o bien pueden
desarrollarse y crecer, hasta tomar proporciones fantásticas, ocupando el
entero espacio mental del huésped. En tal caso la persona está totalmente
poseída: un trocs ha tomado las riendas internas y la persona se comporta según
la naturaleza del trocs que lo posee. Se ha observado un número limitado, pero
enorme, de clases de trocs. Unos tienden a tomar forma animal, otros forma
vegetal, otros formas inferiores o superiores: también ello depende del
huésped, o quizá debiéramos decir, del engendrador del troc.
Los
corceles mecánicos de las Mil y Una Noches, el minotauro de Minos, el asno de
Apuleyo, Calibán en Shakespeare, el gólem cabalístico, una cucaracha en Kafka,
son ejemplares célebres de trocs.
Se
pueden aventurar las siguientes observaciones sobre ellos: son infinitesimales en su inicio (tienden al
punto matemático), son polimorfos, depredadores, inmisericordes, astutos hasta
un punto diabólico y propenden, apenas alguien los identifica clara y
distintamente dentro de su propio ser, a escabullirse o disimularse, pues
actúan en la sombra, hasta el momento del no-retorno. Entonces, y sólo
entonces, se vuelven todopoderosos en relación a la persona que los alberga.
LOS HOMBLOTS
Como los guantes,
estas criaturas pueden darse la vuelta y poner lo de adentro afuera. Tal
proceso (que aquí llamaremos de evaginación) se realiza por igual a través del
orificio bucal como del rectal. Hasta los quince años de edad, los homblots se
evaginan sin problemas. Cuando han sufrido alguna contusión o herida interior
basta un par de días para que un homblot joven sane, manteniendo sus entrañas a
la intemperie. Una vez sano, el homblot mete su cuerpo por el mismo orificio
por el que lo sacó y muestra su lustrosa pelambre amarilla. A partir de los
quince años el proceso de evaginación cambia. Algunos homblots escogen la
soledad para sacar sus entrañas, mientras otros necesitan de compañía.
Como
sea, al evaginarse se puede ver qué clase de vida han llevado: el hígado de uno
parece de hule en tanto que el de otro es pura espuma; un corazón es púrpura,
otro pulpa negra; con todo, hay un rasgo que permanece común: con la edad, el
número de heridas, cortes y contusiones aumenta dramáticamente y a medida que
pasan los años el carácter de las heridas reviste de mayor gravedad. También la
recuperación es más lenta. Algunas heridas supuran durante meses y un hedor
rodea al homblot que ha de sacar durante tanto tiempo sus entrañas al aire. Se
ha observado que algunos prefieren padecer en silencio de sus males interiores
antes que curarse exponiéndose a la intemperie y por ende a la mirada de los
demás. Cuando muere un homblot que escogió no evaginarse sino raramente (lo
cual acortó muchísimo su tiempo de vida) el cadáver apenas subsiste unos
segundos antes de evaporarse con un ruido aspaventoso: tan avanzada es su
putrefacción interior. Por el contrario, cuando un homblot se ha habituado a
exponer sus heridas, su vida se prolonga, si bien bajo una modalidad: a medida
que envejece, las heridas cicatrizan y se endurecen hasta tomar una
consistencia que en determinado momento le impide al homblot darse la vuelta y
meterse en sí mismo. A partir de entonces queda sometido a un proceso
irreversible de endurecimiento de las cicatrices, proceso que sólo concluye
cuando el homblot se ha transformado en una roca maciza, muda y por cierto, invulnerable.
EL MIMETES
Puede parecerse a
un perro común y corriente, a un ropero, a un árbol o a un espejo: lo esencial
es que toma rapidísimamente el aspecto del ambiente que lo rodea. Si merodea
por una calle se confunde a tal punto con ella, que es imposible distinguirlo.
Si corre por un parque acaso alcancemos a oír sus jadeos, el hollar de sus
pezuñas sobre el prado, pero apenas nada más. La única forma de constatar su
presencia es aprovechar del crepúsculo, cuando el mímetes se duerme por breves
minutos. Entonces su cuerpo se manifiesta por una luz apaciguada y espectral.
Uno puede acercarse y toparlo sin temor ya que su sueño es profundo. Se dice
que sueña en sus pálidos congéneres, el tarando, el pólipo, el toe, el licaón y
los muy conocidos Zelig y el camaleón.
LOS TANTROX
Ciegos, ahítos, se
expanden en todas las direcciones, se incrustan en vetas profundas, penetran
allí donde pululan las ánimas pero vuelven a ras de tierra para escuchar el
rumor de los ríos, saborear las palabras de Crisipo, palpar ninfas o língams, y
danzar en la infatigable danza del mundo. Pero saciados, penetran entonces
nuestros cuerpos y se adueñan así de fuegos incomparables, que ellos llaman
kundalinis. Y luego, una vez abrazados en aquel éxtasis, lo trascienden sin
dilaciones.
Pues
allá, mucho más allá, queda la luz que rutila por debajo de sus párpados.
PARCHE PAROLE
...y
no se acababa el plazo cuando quedé a punto de fluir contra la página en blanco
tinta negra calavera dos fémures cruzados la bandera de mi nave. Yo sabía que
Abraxas me esperaría aún fuera del plazo pero antes de enrumbar mi proa tuve
que cruzar el mar de las Farfalas, en cuyas islas viven criaturas que nacen por
el oído de sus madres, dejándolas sordas. Varias veces las asalté y gracias a
sus víveres (cien redondas, apetitosas criaturas) y al viento favorable, llegué
a la Transfarfalia, caliente tierra de escribas, donde refuté para su escarnio
el argumento de Abraxas, a saber, el de Orden de los Factores.
Impaciente,
golpeando el suelo con mi pata de palo, yo razoné a la inversa arguyendo que
fueron los dedos índice y pulgar los que obligaron al hombre a ejercer el atroz
oficio de la pluma, mientras Abraxas invocó a vozarrones la aposición del
pulgar con el meñique bajo el especioso argumento de que el escriba fue sapiens
sapiens primero, antes de volverse un abominable corsario palabrero.
Yo
respondí robándome sus palabras con un furibundo fluir de tinta negra hasta
quedar con mis dedos todos (pues perdí el anular entre las Farfalas) sobre esta
máquina bucanera y tecleante, pero siempre contra la página en blanco, ¡ah!
nave errante de pirata palabrero.
PÓRTICOS
ALETHEIA, EL MAGO
¡Cómo venía a darme un toquecito en la espalda
con las primicias del saco de harina donde
había metido la luna!
Y también, con el sobresalto de su tortuga,
se quitaba el sombrero para una venia feliz
pues
había cerrado la urdimbre de mis abismos.
Contra los desoídos me obligaba a lanzar
dados de cinco caras;
yo iba pegando sombras y bajo las sombras
él cortejaba a una monja pelirroja y
bellísima que se abanicaba
cruzando la calle.
Él me hacía jurar y yo juraba;
yo mentía poniendo mi mejor cara
pero en general no me hacía falta extenderme
para dentro
con la llave de dormir puesta en lejía.
Lentísimamente él me urgía, antigua moneda
de nuevo cuño,
como las que yo olvidaba en baúles manchados
con la añoranza de un fresno perdido en
un bosque de eucaliptos.
Él me daba tinta y jazmineros;
en los lindes yo debía entrecruzarlos.
Él me acechaba con equívocos y enormes
problemas
en la punta de una estaca; apenas yo me
dedicaba
a cultivar la estaca me transformaba en vaca
sin librillo,
en vaca sin bonete, en vaca sin cuajar; de
lo contrario,
él tiraba de mi elástico
para ponerme a recorrer vitrinas donde yo me
aburría
con muertos que olían a veintisiete cifras
bancarias.
Pero él venía a darme un toquecito en la
espalda
y su hábito era dividir mis sentencias en
silbidos barnizados;
así, de una bola de cristal, él sacaba niños
plateados;
de los niños varas de una orgía, de éstas
una culebrilla que zigzagueaba en los
espejos.
Pero el tiempo de que disponíamos tenía
forma de laúd
y en él ejecutábamos la rapsodia del
almirante perdido
en la torre que unía las nubes al limo
y de la cual salían palomas adiestradas
en el Réquiem al Fóscum Abscóndito.
Gracias a ello, la monja acababa de cruzar
la calle,
el fresno despertaba entre los suyos,
y las palomas volvían alimentándose con
gotitas de aurora.
Además no importaba que el almirante
estuviera cortándose las uñas bajo un farol
escandinavo:
de todas formas se trataba de un adagio
para suprimir las paredes y murallas hasta
dar
con la más noble redondez del No.
No a la muerte amoblada con prisa. No al
aferrarse
de apasionadas cariátides. No al guardián
del oído.
Pues él venía a darme un toquecito en la
espalda
sin decirme: No me sigas, no mines mis
secretos.
Y yo soplaba nubes bajo su mesa de ping-pong
mientras un pelícano le pulía el humo de su
coronilla.
El reía: oraba: añadía pliegues a la mónada.
Meticulosamente podía dar un carámbano por
los métodos
pero le gustaba traer nieve, marfil,
pirámides.
En el gran ocio me estimulaba; seguía la
historia del
tacto aromoso y cantor: aún combatido, aún
vencido, su ganancia
no tenía fin. Las aspas, los números
rodantes,
los recuerdos de su índice por las volutas
de un gladiolo,
el cabrilleo del númen en su saco de
harina...
todos ellos acudían como ardillas a su
tokonoma.
Pero él venía a darme un toquecito en la
espalda
diciéndome: ¡Mira,
una escolopendra nos ha metido en la bola de
cristal!
IMPERÁTOR
A Javier Vásconez
Nos trae su orquídea para el baile,
su espina, su cencerro,
las razones para hablar del demonio
con algún dios que lo niegue inútilmente.
Pero rasga su vihuela abriendo pulpas de
guayaba
cuando el pez episcopal penetra sus
burbujas.
Así su risa se riega en la comarca y él
nos tiende unos camastros para bailar en su
torno
soplando plumas, hojas de álamo,
pecados malvas y dorados.
Después, aligera a los sonámbulos
con sus culebrillas espejeantes.
Y así nos reflejamos, aviesos y pedigüeños,
como si hubiésemos faltado al reparto de sus
dones, o
buenos y furiosos como pescadores de
tormentas.
Pero hemos de confesar que no tenemos esposas,
sólo doce niñas que conversan con el demonio
de la sal
tan pecaminosa del edén:
entonces su vihuela nos da el contrapunto
para la danza
y él nos besa las coronas cuando viene
un mulo cargado con sus ángeles borrachos.
¡Pero ellos claman que las madres son
siempre
la madre del demonio!
¡Ellos claman que el menjurje es de
camándulas y mujeriegos!
Ah, en el fervor del baile,
no buscamos culpas errantes, ni colas de
mulo.
Y solo él se desgañita llamándonos al toque
de sus dianas
pues la vid de su relicario se fermenta en
nuestras bocas
con hostias tan carnosas,
con cruces tan calientes,
¡y las doce vírgenes aljamiadas!
APODERADA DE MÍ
En la transparencia
hilo la seda que
te cubre,
tu aliento terso
en mi silencio inhalo
y apuro la copa
que conjura tu imagen
¡ah deleitosa mía,
así tu cuerpo dos
veces se refleja,
una en tu
ausencia, otra en mi locura!
DHARMA DEL
SIBARITA
Hoy he sentido el
placer más alto y
el más puro:
bañaba tu cuerpo,
el agua era mi
espíritu.
TODO LO QUE TENGO DE TI
No camino ya sobre
mis pasos,
ajeno a mi sombra
voy,
me rodeas tú, el
ocaso en ti
me pierde, a mi
lado te llamo como loco,
veo tu ausencia en
los espejos,
te miran mis ojos
llenos
de un fervor sin
nombre, ya no sé,
de ti mis
pensamientos no pasan, vuelven
como la ola a su
regazo marino,
eres sin duda esta
mar inabarcable,
esta sed junto a
la orilla,
esta agua
inalcanzable de
los sueños.
Pero despierto,
iluso, ebrio,
y ya culpable
me confieso,
me disipo,
me absuelvo: es
más fuerte
esta pasión
ah, tu mortífera
ambrosía.
COMO FUEGO ANTIGÜO
RECIÉN LAVADO
Los dedos de tus
pies llevaré a mis labios,
veré un temblor
recorrer tu cuerpo,
subir hasta tus
ojos
y cerrarlos.
Con la boca de mi
bálano
besaré tu botón
henchido:
resistiré tu
abrazo
el tiempo para
aflorar con mis pulpejos
los negros pétalos
al fondo de tus
nalgas.
Oiré tus
estertores,
husmearé tus
axilas, ese sándalo profundo,
y oficiaré tu
éxtasis:
te sorberé gota a
gota
hasta derramarme,
todo,
en la sed postrera
de tu hálito.
CONTENIDO
UMBRAL
VIENTOS CONTRARIOS
EL
ÍMPETU
DESASIMIENTO
DISPAR
OTREDAD
LA
EFERVESCENCIA
ÁNIMA, ANIMUS,
ANIMALIA
EL
EGGOT
LOS
URGABUKERIS
DEBLOTS
GOPLES
LOS
TROCS
LOS
HOMBLOTS
EL
MIMETES
LOS
TANTROX
PARCHE
PAROLE
PÓRTICOS
ALETHEIA,
EL MAGO
IMPERÁTOR
APODERADA
DE MÍ
DHARMA
DEL SIBARITA
TODO
LO QUE TENGO DE TI
COMO
FUEGO ANTIGUO RECIÉN LAVADO
INTERREGNUM:
Primera edición: Xerox, Quito, 1996
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