jueves, 1 de septiembre de 2011

INTERREGNUM





INTERREGNUM
Alexis Naranjo




 
A mis padres


UMBRAL

No ser nada: ¡qué íntima victoria! Pues así puede uno serlo todo, ánima, pez, nigromante o montaña.
Este libro es, así lo espero, un recuento del camino que me ha llevado a cierto desasimiento de mí mismo, y en la medida en que ello ha ocurrido, a una progresiva compenetración con lo Otro. Lo Otro, los otros: seres, objetos, avatares que van dejando las huellas de su extraño paso por mi vida.
¿Pero quién vive mi vida? Si he de atenerme a lo real, la respuesta sólo puede ser: el Vacío y su conciencia primordial. Sin embargo, acaso haga falta atender también al mundo relativo y condicionado para proporcionar otra clase de respuesta: quien vive mi vida no ha poseído nunca (excepto hasta hace poco) las virtudes de la inmovilidad y la fijeza. Así, he fatigado países y pasiones, he conocido enfermedades del espíritu y medicinas sagradas, he sido inconstante y fiel en parejas proporciones, he perdido rumbo en el dédalo de doctrinas y acciones, lo he recuperado con el Dharma y, en fin, no he dejado de escribir o pintar a largo de muchos años. 
Ahora me siento afortunado: no busco ya llegar a nada en especial, ni impongo una meta a mis días. En realidad tampoco impongo ya ningún fin a mis palabras, dibujos o pinturas: los dejo ser lo que son. Quizá por ello, las pequeñas pero nobles verdades de esta existencia se entregan por sí solas a este silencio que calmada, que ardorosamente las acoge.





VIENTOS CONTRARIOS



EL ÍMPETU

Levanto mi pie izquierdo, lo sostengo en el aire mientras tomo impulso con la otra pierna y entonces ¡arriba!, doy el primer paso, a quince centímetros de altura sobreviene un equilibrio precario, tengo la sensación de estar posado sobre capas muy quebradizas pero me atengo al siguiente paso y ¡arriba!, con el nuevo impulso me alzo a treinta centímetros sobre la tierra, aquí el aire es mullido y esponjoso, así que avanzo con cautela, un paso y otro y otro, aunque más adelante siento que la atmósfera se adensa, tornándose friable, lo cual aprovecho para soltar lastre, quiero decir aligerarme internamente, aunque quince metros más arriba compruebo que el aire se vuelve como una sustancia costrosa, y entonces debo sutilizar aun más mi cuerpo, bien que, a partir de los cincuenta metros, el aire se va solidificando hasta volverse duro como el cuarzo, y ya muy arriba su cohesión es la del acero, de modo que para seguir he debido tomar esta consistencia de sombra, de evanescente sombra que sube sin tregua, que sube sin fin.


DESASIMIENTO

Estiro la piel de mi mano, la estiro como un guante hasta que cede, se desliza y cae. En el suelo, la piel se agita, quiere asirse a algo, una piedra, unas raíces. Yo la dejo hacer pues me basta con haber ampliado mi espacio interior. Pero otro tanto ocurre con la piel de mis pies, piernas, plexo, y espaldas: estirada, esta piel cae formando un gran charco escarlata, mientras se agranda aún mi espacio interior.
Ah, pero la piel de mi pecho: la arranco de un golpe y súbitamente sopla un ventarrón que me lleva, me remonta al aire más alto. Y ya arriba, ahíto, tiro brutalmente de la piel de mi frente: adentro todo se hiende, se repliega, y replegándose me libera al fin hacia este infinito vacío refulgente.


DISPAR

Pero qué poderosa tentación la de escribir sobre mí mismo, este vaivén de gozos y miserias, obsesiones y delirios que de mí hacen lo que soy. Ah, qué poderosa, qué siniestra tentación: me doy cuenta de la tiranía de este ego, de la casi irreparable alucinación que padezco cuando creo en este yo ávido de atarme a sus locas tentaciones.
Pero quizá por ello, apenas siento en su más tenue manifestación la gana de describirme, hago a consciencia lo opuesto aunque sufra y me niegue, aunque dentro de mí algo resista y proteste y golpée.
Pues a pesar de todo, poco a poco, vence el otro, lo otro.
Y entonces va naciendo, ligero, hecho de neblina, aquel que sin duda escribió ésto, silenciosa, evanescentemente.


OTREDAD

De la misma manera que al subir las escaleras tiende a aumentar mi tamaño y tras cincuenta escalones he crecido un par de milímetros, así también al descender me voy achicando, de modo que en conjunto mi altura permanece estable, a condición de no arriesgarme a trepar una colina, para no mencionar un monte o peor un nevado. En tales ocasiones, lo sé por experiencia, aquellos dos imperceptibles milímetros, se vuelven centímetros (todo depende de la pendiente, de la distancia recorrida) hasta que mi situación se vuelve escandalosa, y quienes me acompañan dudan de lo que ven, se asombran, desaparecen despavoridos. Pero igual cosa me sucede al descender: a veces, ahogado por las montañas que me rodean, necesitado de calor y aire, decido bajar a la costa, pese a los riesgos que ello entraña. Busco ir a los sitios menos poblados, y de ser posible, a playas solitarias. De lo contrario, mi enanez, mis peligrosísimos cincuenta centímetros apenas sobrevivirían sin despertar reacciones que me pondrían al borde de la muerte. Pero entiendo, entiendo que a nadie le sea soportable la presencia de un homúnculo, un escarnio de la raza.
Por ello prefiero mantenerme en mi ciudad. Cierto, aquí me ocurre algo un tanto distinto. Para decirlo de una vez, mi peso aumenta a medida que avanzo y a la inversa, me vuelvo más ligero cuando retrocedo. Es fastidioso, es agobiante. A veces, obligado por mi trabajo, realizo diligencias que me llevan a caminar durante horas; al cabo mis pies pesan lo que el plomo y no logro sostener la cabeza sobre los hombros. Una fatiga de otro mundo me aplasta. Verdad es que logro compensar esto caminando para atrás: me encierro en casa y por horas doy vueltas y vueltas hasta recuperar mi peso normal. Incluso, cuando sé que al día siguiente me espera uno de esos itinerarios grávidos de desplazamientos, me preparo caminando así hasta que mis pies apenas tocan el piso con la liviandad de una pluma. Sin embargo, apenas exagero empiezo a flotar y entonces me toca recurrir a lastres disimulados bajo la ropa y cosas así.
Pero de todos los cambios que me ocurren hay uno que puedo compensar con rapidez. He visto que en mi vida el número de veces que giro hacia un lado es igual al que giro para el otro. Sin embargo, cuando me exedo en girar hacia un sólo lado, las cosas toman un lúgubre cariz: es que al girar a la derecha mi cuerpo se adelgaza y ocurre lo inverso al girar a la izquierda. La ropa que utilizo (tengo trajes elásticos en previsión de estos males) cede aunque a veces se rasga o bien, malajustándose a mi delgadez, termina por hacer pliegues, dobladillos, enfurtidos ridículos u obscenos. Es entonces cuando debo girar en sentido contrario, si bien ello no tarda en despertar comentarios irónicos o pérfidos, incluso coléricos, por parte de mis colegas.
Pero lo verdaderamente duro de soportar me ocurre al ensimismarme. Cada vez que, llevado por la necesidad de examinar estos sucesos, indagar sus causas, atenuar su amenaza, yo me aquieto en un sillón de la casa y cierro los ojos e ingreso en mí, me invade una extraña sensación de multiplicarme en tantos otros seres cuanto más hondo he penetrado. Es patético: oigo un griterío de muchedumbres, un pandemonio de individuos sin fin, hasta la náusea. Adentro, proliferando en mí. ¡Y cada uno de ellos absolutamente distinto y ajeno a mí, impenetrable, cerrado en su propio ser!
Por ello, y para resarcirme, paso días enteros eximismándome. Entonces ocurre esto: mientras voy eximismándome la gente que me rodea, colegas y amigos, adquieren rasgos progresivamente más suaves, menos delineados; a la larga sus diferencias van borrándose y una suerte de aliviadora semejanza viene a cubrir a todos. Hasta allí todo va bien, me recupero de mis angustias y trabajo sin sobresaltos. Infelizmente este eximismarme no se detiene, es más fuerte que yo y poco a poco me arrastra en su curso. Días más tarde, me doy cuenta, o mejor, tengo la vívida certeza de que el hombre que acaba de tenderme su mano no es más que el mismísimo hombre que soy yo, pero que es él quien mejor lo percibe, quien mejor lo sabe: no de otra manera es explicable que yo me vea a través de sus alucinados ojos, que yo me sienta a través del nervioso apretón de sus manos, que yo me responda con sus palabras.
Entonces, monstruosamente, sé que soy él, que soy los otros, los demás, aquellos que me miran con terrible intensidad, con prodigiosa cercanía.


LA EFERVESCENCIA

Me doy cuenta, cada vez es más claro pero al comienzo fue imperceptible, no había sino una plétora que tras vaciarse volvía a llenarse y al día siguiente recomenzaba y yo hablaba y hablaba, monologaba si no había con quién hablar y las palabras salían como el aire de un fuelle y yo sentía ese vaivén etéreo, habitaba un éter sin límites hasta que ocurrió aquello, súbitamente sentí que las palabras encarnaban, unas olían, otras fosforescían, las de más allá eran ciénagas o pastizales, había las que quemaban la boca, las que herían, las que restañaban y me dejaban seguir con mi pasión, aunque insidiosa, diabólicamente tropezaba a ratos con magmas, estados inhóspitos que revolvían mi estómago y lo peor era forzarme a sacar de mí esas palabras pues pasaban lastimándome los pulmones y la boca y yo debía callar durante días o semanas, enclaustrándome, ensimismándome. Con magros resultados pues eso seguía trabajando en lo oscuro y bastaba echar una mirada a un diario o escuchar una conversación casual para que recomenzara y yo sintiera descomponerme y envenenarme.
Pero en fin, por ello mismo busqué compensar mi sufrimiento dedicándome a una vida solitaria y despojada: me daba cuenta de que sólo apaciguando esos estados (ignoraba cómo suprimirlos) podría salvar lo que ya no era sino una ruina humana. Y no diré más de mis peripecias, sólo añado que cesaron en algún momento: nítidos, cortados a navaja entre la masa de palabras, aparecieron los primeros silencios, frágiles aunque ya brillantes, boyas de salvación, burbujas de otro mundo. Por unos instantes al comienzo, por minutos luego y por largos períodos al fin, yo ingresaba en esos silencios (o ellos se apoderaban de mí) hasta que todo llegaba a un vacío prodigioso. Pero aquel vacío era de nuevo una plétora, una superabundancia, aunque de otra especie, sin palabras ni pensamientos que vinieran a opacar su brillante espacio. Y allí, en ese vacío, el silencio, el vasto silencio era en verdad el mundo.
Y por eso ahora, cuando llevo incesantemente en mí ese silencio, aún me quedan ¡aún me quedan! tantas palabras: pero ya no es eso sino lo otro, y a ello os devuelvo, fervorosa, humildemente.




ÁNIMA
ANIMUS
ANIMALIA



EL EGGOT

Rueda como una bola empapada de resinas y mientras rueda produce ruidos parecidos al de un aserradero: el eggot es parte esencial de las festividades de Nueva Brest.
Durante la celebración del Mar de las Madres (a mediados de agosto) los eggots son lanzados desde los más altos promontorios de la isla; al estrellarse contra las rocas de la playa explosionan con mayor o menor estrépito según su edad y estado físico. Un eggot joven puede producir un cráter de hasta cinco metros de diámetro. Pero cuando la arena y el polvo se han disipado, el cráter aparece completamente cubierto por una membrana oscurísima que se tuerce y retuerce como si adebajo un animal se removiera entre jadeos y silbidos. Por cierto, esta actividad no cesa sino días después, cuando la membrana se desinfla y deseca al punto de fundirse con el fondo del cráter.
Pero nadie sabe exactamente qué ha ocurrido debajo de esa membrana.
Sea por temor, o porque al toparla uno experimenta un desvanecimiento, seguido por un acceso de violenta energía, seguido a su vez por una larga y obscena convulsión de éxtasis, lo cierto es que un tabú pesa sobre los restos del eggot: quien los topa (pues la tentación de hacerlo es a veces más poderosa que el tabú) es irrevocablemente separado de los demás habitantes de la isla, y ha de permanecer aislado y vigilado hasta el año siguiente cuando, gordo como un huevo prehistórico, rodará del promontorio hasta las rocas de la playa, produciendo un zumbido de aserradero mientras deja en el aire aquel insidioso olor a resinas.


LOS URGABUKERIS

Físicamente, los machos son más pequeños que las hembras, más débiles y sus formas más suaves y agraciadas.
Biológicamente, los machos son fecundados por las hembras y gestan su progenie durante treinta y tres días, cortos y uterinos. Para decirlo todo de una vez, los machos son Yin, las hembras Yang.
Así las cosas, uno se pregunta porqué no llamar simplemente hembras a los machos y viceversa, a fin de evitar un inútil rompimiento de las convenciones del lenguaje. Por toda respuesta, las hembras de los urgabukeris ponen en juego su alucinante voluntad: de ninguna manera permitirán ellas que los machos se apropien de una antiquísima conquista. Pues son ellas, y nada más que ellas, quienes han de recibir toda la gracia y pleitesía de los nombres: Azucena, Lilith, Mael, o Zoé. Además, ¿ quién osaría llamarlas de otra forma?


DEBLOTS

Sus relaciones de atracción y repulsión siguen en todo las leyes de la piedra imán. Precusores de las brújulas, se cree que sirvieron como tales durante siglos; por lo demás, una pareja de deblots cabe holgadamente en la palma de la mano y sus necesidades orgánicas son mínimas.
Sin embargo, cuando el polo positivo del macho se une al polo negativo de la hembra, separarlos es una tarea pérfida y además, imposible.


GOPLES

Pueden desarmarse a sí mismos, hasta en sus componentes más pequeños, y asimismo rearmarse, a condición de mantener juntos al menos pulgar e índice para que operen a modo de pinzas. Les gusta sobremanera desarmarse la cabeza y dejarla expuesta a la intemperie en un parque o en un callejón. A veces sus brazos cuelgan de los cables eléctricos y no es raro toparse con sus vísceras latiendo al fondo de algún recipiente doméstico. A veces, al abrir un grifo, en lugar de agua chorrea un líquido de color indefinible, que parece poseer vida propia: se trata de la sangre de un gople paseándose por las cañerías de tu casa.
Cuando se escucha chirriar una puerta, un inexplicable crujir de goznes o ruidos que parecen surgir de ninguna parte, ya puede uno sospechar de los pulmones y el aparato vocal de los goples: ahí están  entonando su mensaje indescifrable.
Cuanto mayor es el placer que los goples experimentan en desarmarse, tanto peor es su sufrimiento para rearmarse. Se habla de goples que mes a mes, año tras año, han ido desarmándose, subdividiéndose, fragmentándose, empequeñeciéndose, y finalmente, atomizándose. Se aventura la idea de que, en el fondo, todos nosotros estamos formados por partículas infinitesimales de billones de goples, y que nuestra cohesión interna es apenas un sueño, un espejismo que se disipará apenas hayamos muerto.
Pero quedan, a pesar de todo, esos pulgares e índices que esperan, con una paciencia que rebasa nuestro entendimiento, el día en que deban ponerse a rejuntar sus diminutas y tan dispersas partículas.


LOS TROCS

Su existencia es, por así decirlo, intermitente. Existen en tanto alguien los piensa o los imagina; cuando cesan estos procesos mentales, los trocs dejan de existir, o pasan a un estado de existencia crepuscular, casi espectral. Son habitantes de la mente y su único alimento es el fluído de energía mental, o espiritual. Según la persona en la que habitan, pueden pasar enteramente desapercibidos durante años (incluso durante toda la vida del sujeto) o bien pueden desarrollarse y crecer, hasta tomar proporciones fantásticas, ocupando el entero espacio mental del huésped. En tal caso la persona está totalmente poseída: un trocs ha tomado las riendas internas y la persona se comporta según la naturaleza del trocs que lo posee. Se ha observado un número limitado, pero enorme, de clases de trocs. Unos tienden a tomar forma animal, otros forma vegetal, otros formas inferiores o superiores: también ello depende del huésped, o quizá debiéramos decir, del engendrador del troc.
Los corceles mecánicos de las Mil y Una Noches, el minotauro de Minos, el asno de Apuleyo, Calibán en Shakespeare, el gólem cabalístico, una cucaracha en Kafka, son ejemplares célebres de trocs.
Se pueden aventurar las siguientes observaciones sobre ellos: son  infinitesimales en su inicio (tienden al punto matemático), son polimorfos, depredadores, inmisericordes, astutos hasta un punto diabólico y propenden, apenas alguien los identifica clara y distintamente dentro de su propio ser, a escabullirse o disimularse, pues actúan en la sombra, hasta el momento del no-retorno. Entonces, y sólo entonces, se vuelven todopoderosos en relación a la persona que los alberga.


LOS HOMBLOTS

Como los guantes, estas criaturas pueden darse la vuelta y poner lo de adentro afuera. Tal proceso (que aquí llamaremos de evaginación) se realiza por igual a través del orificio bucal como del rectal. Hasta los quince años de edad, los homblots se evaginan sin problemas. Cuando han sufrido alguna contusión o herida interior basta un par de días para que un homblot joven sane, manteniendo sus entrañas a la intemperie. Una vez sano, el homblot mete su cuerpo por el mismo orificio por el que lo sacó y muestra su lustrosa pelambre amarilla. A partir de los quince años el proceso de evaginación cambia. Algunos homblots escogen la soledad para sacar sus entrañas, mientras otros necesitan de compañía.
Como sea, al evaginarse se puede ver qué clase de vida han llevado: el hígado de uno parece de hule en tanto que el de otro es pura espuma; un corazón es púrpura, otro pulpa negra; con todo, hay un rasgo que permanece común: con la edad, el número de heridas, cortes y contusiones aumenta dramáticamente y a medida que pasan los años el carácter de las heridas reviste de mayor gravedad. También la recuperación es más lenta. Algunas heridas supuran durante meses y un hedor rodea al homblot que ha de sacar durante tanto tiempo sus entrañas al aire. Se ha observado que algunos prefieren padecer en silencio de sus males interiores antes que curarse exponiéndose a la intemperie y por ende a la mirada de los demás. Cuando muere un homblot que escogió no evaginarse sino raramente (lo cual acortó muchísimo su tiempo de vida) el cadáver apenas subsiste unos segundos antes de evaporarse con un ruido aspaventoso: tan avanzada es su putrefacción interior. Por el contrario, cuando un homblot se ha habituado a exponer sus heridas, su vida se prolonga, si bien bajo una modalidad: a medida que envejece, las heridas cicatrizan y se endurecen hasta tomar una consistencia que en determinado momento le impide al homblot darse la vuelta y meterse en sí mismo. A partir de entonces queda sometido a un proceso irreversible de endurecimiento de las cicatrices, proceso que sólo concluye cuando el homblot se ha transformado en una roca maciza, muda y por cierto, invulnerable.



EL MIMETES

Puede parecerse a un perro común y corriente, a un ropero, a un árbol o a un espejo: lo esencial es que toma rapidísimamente el aspecto del ambiente que lo rodea. Si merodea por una calle se confunde a tal punto con ella, que es imposible distinguirlo. Si corre por un parque acaso alcancemos a oír sus jadeos, el hollar de sus pezuñas sobre el prado, pero apenas nada más. La única forma de constatar su presencia es aprovechar del crepúsculo, cuando el mímetes se duerme por breves minutos. Entonces su cuerpo se manifiesta por una luz apaciguada y espectral. Uno puede acercarse y toparlo sin temor ya que su sueño es profundo. Se dice que sueña en sus pálidos congéneres, el tarando, el pólipo, el toe, el licaón y los muy conocidos Zelig y el camaleón.


LOS TANTROX

Ciegos, ahítos, se expanden en todas las direcciones, se incrustan en vetas profundas, penetran allí donde pululan las ánimas pero vuelven a ras de tierra para escuchar el rumor de los ríos, saborear las palabras de Crisipo, palpar ninfas o língams, y danzar en la infatigable danza del mundo. Pero saciados, penetran entonces nuestros cuerpos y se adueñan así de fuegos incomparables, que ellos llaman kundalinis. Y luego, una vez abrazados en aquel éxtasis, lo trascienden sin dilaciones.
Pues allá, mucho más allá, queda la luz que rutila por debajo de sus párpados.


PARCHE PAROLE

...y no se acababa el plazo cuando quedé a punto de fluir contra la página en blanco tinta negra calavera dos fémures cruzados la bandera de mi nave. Yo sabía que Abraxas me esperaría aún fuera del plazo pero antes de enrumbar mi proa tuve que cruzar el mar de las Farfalas, en cuyas islas viven criaturas que nacen por el oído de sus madres, dejándolas sordas. Varias veces las asalté y gracias a sus víveres (cien redondas, apetitosas criaturas) y al viento favorable, llegué a la Transfarfalia, caliente tierra de escribas, donde refuté para su escarnio el argumento de Abraxas, a saber, el de Orden de los Factores.
Impaciente, golpeando el suelo con mi pata de palo, yo razoné a la inversa arguyendo que fueron los dedos índice y pulgar los que obligaron al hombre a ejercer el atroz oficio de la pluma, mientras Abraxas invocó a vozarrones la aposición del pulgar con el meñique bajo el especioso argumento de que el escriba fue sapiens sapiens primero, antes de volverse un abominable corsario palabrero.
Yo respondí robándome sus palabras con un furibundo fluir de tinta negra hasta quedar con mis dedos todos (pues perdí el anular entre las Farfalas) sobre esta máquina bucanera y tecleante, pero siempre contra la página en blanco, ¡ah! nave errante de pirata palabrero.




PÓRTICOS



ALETHEIA, EL MAGO

¡Cómo venía a darme un toquecito en la espalda
con las primicias del saco de harina donde había metido la luna!
Y también, con el sobresalto de su tortuga,
se quitaba el sombrero para una venia feliz pues
había cerrado la urdimbre de mis abismos.
Contra los desoídos me obligaba a lanzar dados de cinco caras;
yo iba pegando sombras y bajo las sombras
él cortejaba a una monja pelirroja y bellísima que se abanicaba
cruzando la calle.
Él me hacía jurar y yo juraba;
yo mentía poniendo mi mejor cara
pero en general no me hacía falta extenderme para dentro
con la llave de dormir puesta en lejía.
Lentísimamente él me urgía, antigua moneda de nuevo cuño,
como las que yo olvidaba en baúles manchados
con la añoranza de un fresno perdido en
un bosque de eucaliptos.
Él me daba tinta y jazmineros;
en los lindes yo debía entrecruzarlos.
Él me acechaba con equívocos y enormes problemas
en la punta de una estaca; apenas yo me dedicaba
a cultivar la estaca me transformaba en vaca sin librillo,
en vaca sin bonete, en vaca sin cuajar; de lo contrario,
él tiraba de mi elástico
para ponerme a recorrer vitrinas donde yo me aburría
con muertos que olían a veintisiete cifras bancarias.

Pero él venía a darme un toquecito en la espalda
y su hábito era dividir mis sentencias en silbidos barnizados;
así, de una bola de cristal, él sacaba niños plateados;
de los niños varas de una orgía, de éstas
una culebrilla que zigzagueaba en los espejos.
Pero el tiempo de que disponíamos tenía forma de laúd
y en él ejecutábamos la rapsodia del almirante perdido
en la torre que unía las nubes al limo
y de la cual salían palomas adiestradas
en el Réquiem al Fóscum Abscóndito.

Gracias a ello, la monja acababa de cruzar la calle,
el fresno despertaba entre los suyos,
y las palomas volvían alimentándose con gotitas de aurora.
Además no importaba que el almirante
estuviera cortándose las uñas bajo un farol escandinavo:
de todas formas se trataba de un adagio
para suprimir las paredes y murallas hasta dar
con la más noble redondez del No.
No a la muerte amoblada con prisa. No al aferrarse
de apasionadas cariátides. No al guardián del oído.

Pues él venía a darme un toquecito en la espalda
sin decirme: No me sigas, no mines mis secretos.
Y yo soplaba nubes bajo su mesa de ping-pong
mientras un pelícano le pulía el humo de su coronilla.
El reía: oraba: añadía pliegues a la mónada.
Meticulosamente podía dar un carámbano por los métodos
pero le gustaba traer nieve, marfil, pirámides.
En el gran ocio me estimulaba; seguía la historia del
tacto aromoso y cantor: aún combatido, aún vencido, su ganancia
no tenía fin. Las aspas, los números rodantes,
los recuerdos de su índice por las volutas de un gladiolo,
el cabrilleo del númen en su saco de harina...
todos ellos acudían como ardillas a su tokonoma.

Pero él venía a darme un toquecito en la espalda
diciéndome: ¡Mira,
una escolopendra nos ha metido en la bola de cristal!


IMPERÁTOR

A Javier Vásconez

Nos trae su orquídea para el baile,
su espina, su cencerro,
las razones para hablar del demonio
con algún dios que lo niegue inútilmente.
Pero rasga su vihuela abriendo pulpas de guayaba
cuando el pez episcopal penetra sus burbujas.
Así su risa se riega en la comarca y él
nos tiende unos camastros para bailar en su torno
soplando plumas, hojas de álamo,
pecados malvas y dorados.
Después, aligera a los sonámbulos
con sus culebrillas espejeantes.
Y así nos reflejamos, aviesos y pedigüeños,
como si hubiésemos faltado al reparto de sus dones, o
buenos y furiosos como pescadores de tormentas.
Pero hemos de confesar que no tenemos esposas,
sólo doce niñas que conversan con el demonio de la sal
tan pecaminosa del edén:
entonces su vihuela nos da el contrapunto para la danza
y él nos besa las coronas cuando viene
un mulo cargado con sus ángeles borrachos.
¡Pero ellos claman que las madres son siempre
la madre del demonio!
¡Ellos claman que el menjurje es de camándulas y mujeriegos!
Ah, en el fervor del baile,
no buscamos culpas errantes, ni colas de mulo.
Y solo él se desgañita llamándonos al toque de sus dianas
pues la vid de su relicario se fermenta en nuestras bocas
con hostias tan carnosas,
con cruces tan calientes,
¡y las doce vírgenes aljamiadas!



APODERADA DE MÍ

En la transparencia
hilo la seda que te cubre,
tu aliento terso en mi silencio inhalo
y apuro la copa que conjura tu imagen
¡ah deleitosa mía,
así tu cuerpo dos veces se refleja,
una en tu ausencia, otra en mi locura!


DHARMA DEL SIBARITA

Hoy he sentido el placer más alto y
el más puro:
bañaba tu cuerpo,
el agua era mi espíritu.


TODO LO QUE TENGO DE TI

No camino ya sobre mis pasos,
ajeno a mi sombra voy,
me rodeas tú, el ocaso en ti
me pierde, a mi lado te llamo como loco,
veo tu ausencia en los espejos,
te miran mis ojos llenos
de un fervor sin nombre, ya no sé,
de ti mis pensamientos no pasan, vuelven
como la ola a su regazo marino,
eres sin duda esta mar inabarcable,
esta sed junto a la orilla,
esta agua
inalcanzable de los sueños.

Pero despierto, iluso, ebrio,
y ya culpable
me confieso,
me disipo,
me absuelvo: es más fuerte
esta pasión
ah, tu mortífera ambrosía.


COMO FUEGO ANTIGÜO RECIÉN LAVADO

Los dedos de tus pies llevaré a mis labios,
veré un temblor recorrer tu cuerpo,
subir hasta tus ojos
y cerrarlos.

Con la boca de mi bálano
besaré tu botón henchido:
resistiré tu abrazo
el tiempo para aflorar con mis pulpejos
los negros pétalos
al fondo de tus nalgas.

Oiré tus estertores,
husmearé tus axilas, ese sándalo profundo,
y oficiaré tu éxtasis:
te sorberé gota a gota
hasta derramarme,
todo,
en la sed postrera de tu hálito.



CONTENIDO


UMBRAL

VIENTOS CONTRARIOS
EL ÍMPETU
DESASIMIENTO
DISPAR
OTREDAD
LA EFERVESCENCIA

ÁNIMA, ANIMUS, ANIMALIA
EL EGGOT
LOS URGABUKERIS
DEBLOTS 
GOPLES
LOS TROCS
LOS HOMBLOTS
EL MIMETES
LOS TANTROX
PARCHE PAROLE

PÓRTICOS
ALETHEIA, EL MAGO
IMPERÁTOR
APODERADA DE MÍ
DHARMA DEL SIBARITA
TODO LO QUE TENGO DE TI
COMO FUEGO ANTIGUO RECIÉN LAVADO

INTERREGNUM: Primera edición: Xerox, Quito, 1996

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